Almudena la miró fijamente unos segundos, lo pensó un poco y finalmente preguntó:
—¿Sabías que Benjamín vino para acá?
Al escuchar eso, la expresión de Josefina se congeló un instante, pero luego negó con la cabeza.
—No, no lo sabía.
—Es lógico, cambiaste de número y perdiste el contacto —dijo Almudena—. Lo invité a que viniera a la fiesta de la señora Yolanda, pero me rechazó.
Almudena esbozó una ligera sonrisa y continuó:
—Últimamente su estado de ánimo es pésimo. Parece como... como un cachorrito abandonado por su dueño, siempre al borde de la locura.
Josefina frunció el ceño levemente y respondió:
—Sus asuntos ya no tienen nada que ver conmigo, Almudena. Ya estamos divorciados.
La mirada de Almudena se volvió un tanto melancólica; la observó un largo rato antes de decir:
—Josefina, en el fondo sé lo que piensas. No intentes hacerte la fuerte. Cuando le dijiste todas esas cosas crueles, a ti también te dolió el corazón, ¿verdad?
Pero Josefina lo negó rotundamente:
—Para nada. Todo lo que dije era la verdad. Quería divorciarme de él desde hace mucho tiempo, y ya no lo amo.
Almudena se quedó sin palabras.
Bueno.
Esos dos eran igual de tercos.
¿Qué más podía decir?
Al ver que Josefina evadía el tema a propósito y se rehusaba a hablar de Benjamín, Almudena no insistió.
En su lugar, le contó de manera general lo que sabía sobre los integrantes de la familia Hurtado para que estuviera preparada.
Pasó aproximadamente un par de horas allí, hasta que alguien vino a buscar a Almudena y ella se despidió.
Josefina la acompañó hasta la puerta, donde vio a los guardaespaldas patrullando afuera.
—¿Toda esa gente está aquí para protegerte? —preguntó Almudena.

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