Se sentó junto a Yolanda y tomó un pañuelo para secarle las lágrimas con delicadeza, pero ella esquivó su mano y se alejó un poco.
A Joaquín no pareció importarle. Al notar la carpeta con la información de Josefina sobre la mesa, frunció el ceño y se dirigió a las empleadas con severidad:
—¿Quién trajo estos documentos?
La sirvienta sintió la presión, palideció de inmediato y miró a Yolanda con nerviosismo.
—Fui... fui...
—¿Qué estás haciendo? —le reclamó Yolanda, mirándolo con los ojos enrojecidos—. Yo quise leerlos, ¿acaso no puedo hacerlo?
—Yolanda, ¿no te lo dije antes? Estos días no debes acercarte a ella ni obsesionarte con sus asuntos —dijo Joaquín, suavizando su expresión al dirigirse a su esposa—. ¿Y si los resultados dicen que no es ella? Vas a terminar destrozada. Tu salud ya es frágil, y si te pasa algo, ¿qué se supone que haga yo?
Pero Yolanda insistió:
—¡Sé que es ella! Desde el momento en que la vi supe que es mi hija.
Joaquín notó la obsesión en sus ojos. Sus emociones eran demasiado volátiles, y si seguía así, su salud se deterioraría rápidamente.
—Entonces aguanta un poco. Cuando tengamos los resultados y estemos seguros, podrás pasar todo el tiempo que quieras con ella —intentó persuadirla con voz suave.
Luego, añadió:
—Pero, Yolanda, eres demasiado evidente. Le das demasiada importancia a Josefina y estás ignorando los sentimientos de Ariadna. Antes de que Josefina apareciera, siempre tratamos a Ariadna como a nuestra propia hija, pero jamás le mostraste ni una fracción de ese afecto. Es natural que ella se sienta desplazada.
La expresión de Yolanda se volvió gélida.
—¿Cuántos años han pasado? ¿Aún no se acostumbra? Siempre he sido fría con ella, con Eduardo y con Sebastián. Si me guarda rencor, es su problema.
Joaquín se quedó mudo.
Yolanda continuó:
—Les di la vida. Crecieron en la familia Hurtado y disfrutan de lujos que una persona común no tendría ni en diez vidas. Si fui fría con ellos, ¿qué importa? Además, la verdad es que simplemente no me nace quererla.
Con eso último se refería claramente a Ariadna.
Joaquín entendió el mensaje, frunció el ceño y le pidió:
—Al menos intenta disimular un poco.

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