Eduardo guardó silencio por un momento antes de responder:
—Por ahora no puedo darte una respuesta certera.
Josefina esbozó una sonrisa cargada de sarcasmo.
—De acuerdo, ya entiendo.
Si la familia Hurtado decidía proteger a Ariadna, ¿cómo iba a hacer ella para destruirla?
No.
¡Sin importar si la protegían o no, ella iba a acabar con Ariadna!
Todo lo que había sufrido era culpa de ella; Ariadna quería matarla, y Josefina solo se estaba defendiendo.
Bajó ligeramente la mirada, reprimiendo sus intenciones. Aún no debía precipitarse. Primero necesitaba entrar oficialmente a la familia Hurtado, afianzarse en su posición, y luego ejecutar su plan.
No le interesaba torturarla lentamente; eso dejaba demasiado margen para errores. ¡En cuanto tuviera la oportunidad, acabaría con Ariadna de un solo golpe!
Eduardo empujó el plato hacia ella y le dijo:
—Come más. Has perdido mucho peso.
Josefina no se hizo del rogar; la verdad es que las brochetas estaban deliciosas.
Se comió la mitad de lo que le llevaron, y Eduardo terminó con el resto.
Eduardo no se quedó mucho tiempo. Al salir, se dirigió directamente a la habitación de Yolanda.
Yolanda lo esperaba ansiosa en la sala. Al verlo llegar, se le iluminaron los ojos y preguntó de inmediato:
—Eduardo, ¿sí cenó?
—Sí —asintió él—. Le gustó mucho.
Yolanda sonrió satisfecha.
—Qué bueno. Mantendremos a ese chef exclusivamente para ella.

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