La anciana asintió, sonriendo.
—Tienes toda la razón. Lo que hagan los demás es su problema, nosotros tenemos que hacer las cosas como Dios manda.
Josefina asintió suavemente.
Emiliano no tardó en llegar. Traía consigo un arreglo de frutas y se puso a platicar muy alegremente con la abuela.
Josefina se quedó sentada a un lado, observándolo en silencio. Le echó un par de miradas escrutadoras, pero la duda que había sembrado en su cabeza desapareció rápido.
No tenía sentido hacerse chaquetas mentales.
Emiliano la estaba ayudando muchísimo en ese momento.
Si empezaba a dudar de él por puras suposiciones y lo terminaba ofendiendo, iba a salir perdiendo.
Quedaría como una reverenda malagradecida.
La abuela ya no tenía tanta energía como antes, así que, después de platicar un ratito, se le empezó a notar el cansancio.
—Abuela, descanse —dijo Emiliano al darse cuenta—. Me llevo a Josefina a dar una vuelta.
—Vayan con cuidado.
***
En la parte de atrás del hospital había un lago artificial. Cuando hacía buen clima, a los pacientes les gustaba salir a tomar el aire por ahí.
Pero a esa hora ya estaba casi vacío.
Los dos caminaban a paso lento por la orilla. Las luces del lugar se reflejaban en el agua, creando pequeños destellos dorados con cada movimiento de la corriente.
—Siento que has cambiado un buen últimamente —comentó Emiliano, volteando a verla con una sonrisa.
—¿Ah, sí? —Josefina se tocó el rostro—. ¿Me veo más guapa o qué?
—Siempre has estado guapísima, pero ahora traes una vibra muy diferente; te ves mucho más independiente y decidida. —Emiliano escogió sus palabras con cuidado—. ¿Será por la ayuda que te ha dado el señor Jaime?
Josefina esbozó una sonrisa tranquila.
—Cuando tienes dinero, te sobran las agallas. Ahora entiendo por qué los ricos siempre ven a los demás por debajo del hombro. Ya no le tengo miedo a nada.
Emiliano se encogió de hombros.
—Yo sigo igual. La empresa de mi familia no es tan grande; como me pasé muchos años fuera del país, me dejaron fuera de los negocios importantes. Ahorita soy como un cero a la izquierda; la neta sobrevivo de lo que me pagas como cliente VIP.
Josefina soltó una carcajada.
—Ay, ya deja de tirarme indirectas, no me voy a hacer pato con tus honorarios.
—Es que me da miedo que me dejes sin chamba —explicó él—. Ahorita que ya tienes a tu propio equipo de abogados, imagínate que mi gente la riega, te enojas y me mandas al diablo.
—Cero probabilidades de que pase —le aseguró ella—. Tú ni te estreses por eso. Entre más gente colabore en el caso, mejor nos va a ir en el juicio.
—Sale, te tomo la palabra. Nomás no me vayas a dar una patada en el trasero a medio camino —dijo Emiliano en tono de broma.
—Jamás.
—Oye, también me enteré del despapaye que traen en Grupo León, fuiste tú la de la idea, ¿verdad? —La miró con intriga—. ¿Por qué te fuiste contra la empresa de tu propia familia de la nada? ¿Te volvió a hacer alguna jalada Magdalena?
—Lo de siempre —respondió ella—. Solo quería demostrarles que ya no se van a poder seguir burlando de mí tan fácil.

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