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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 362

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Josefina apretó los ojos y le contestó:

—Hoy no me siento nada bien, vamos a dejarlo para otro día.

Su voz sonaba terriblemente rasposa. Con solo pronunciar esa frase, sintió un dolor insoportable en la garganta.

Incluso frunció el ceño del puro malestar.

El hombre al otro lado de la línea se quedó en silencio. Pasó un buen rato y Josefina creyó que ya le había colgado; despegó el celular de su oreja para checarlo, pero la llamada seguía activa.

—¿Bueno? ¿Me escuchaste?

Preguntó Josefina, cerrando los ojos.

Al instante siguiente, la llamada se cortó.

Josefina se quedó perpleja ante tal reacción.

¡Qué tipo tan pesado!

¡No tenía ni una pizca de educación!

¿Qué le costaba confirmar si había escuchado o no?

Josefina aventó el celular a un lado, cerró los ojos y se dispuso a seguir durmiendo.

Su cabeza daba vueltas y pronto cayó en un sueño profundo. Saber que Alejandra estaba allí para cuidarla le daba mucha tranquilidad.

Sin embargo, a media madrugada, sintió muchísima sed. Abrió los ojos todavía medio adormilada e intentó hablar, pero se dio cuenta de que no le salía la voz.

Se sentía como un pez boqueando fuera del agua.

Justo cuando estaba a punto de rendirse y volver a quedarse dormida, de pronto sintió un toque fresco en los labios.

Un suave aroma a miel impregnó su sentido del olfato. Josefina abrió la boca de inmediato, desesperada por tomar agua.

Pero como estaba recostada no podía beber bien. Intentó reincorporarse apoyándose en los codos, pero su cuerpo no respondía; no tenía fuerzas ni para levantarse un centímetro.

Un segundo después, un brazo firme rodeó sus hombros y la levantó con cuidado.

Luego, la acomodaron para que se recargara contra un cuerpo ajeno, y el vaso volvió a hacer contacto con sus labios.

Josefina solo podía pensar en lo sedienta que estaba, así que ni por asomo se detuvo a analizar quién la estaba ayudando.

El agua tibia humedeció su garganta. Tenía ese toquecito dulce que siempre le había encantado tomar cuando se enfermaba.

Ese sabor tan familiar le provocó un vuelco en el corazón. Fue como viajar en el tiempo a aquellos días llenos de dulzura.

Tenía la frente empapada en sangre, lo que la dejó completamente paralizada en su sueño.

Si Diego estaba allí, ¿entonces dónde estaba Benjamín?

¿En dónde podía estar?

Comenzó a buscarlo desesperada por todas partes, pero el tiempo se agotaba y no podía permitir que Diego muriera enterrado bajo las piedras.

Apretó los dientes, sacó fuerzas de flaqueza para apartar los escombros y tiró de Diego con todas sus ganas hasta sacarlo de ahí.

Justo cuando se lo subió a la espalda para cargarlo, alcanzó a escuchar un murmullo muy débil.

—Jose... gracias.

Ese eco la dejó inquieta en el fondo de su subconsciente.

Josefina abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba en una habitación de hospital.

El sueño la dejó tan consternada que se quedó un largo rato viendo fijamente el techo blanco, tratando de asimilar lo que acababa de soñar.

Cuando ocurrió el temblor, ella ni siquiera conocía a los hermanos Gutiérrez, ¿verdad?

Entonces, ¿por qué Diego había dicho su nombre con tanta claridad?

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