Aprovechaba cualquier oportunidad para sacar provecho de la situación.
El nivel de descaro y falta de vergüenza de este hombre ya superaba cualquier cosa que ella hubiera imaginado.
Josefina intentó empujarlo, pero se dio cuenta de que era inútil. Cuanto más fuerza aplicaba para alejarlo, más apretado era el abrazo de él.
Cristóbal había olvidado su celular y regresó para buscarlo. Al asomar la cabeza, vio a los dos entregados a un beso apasionado. Su expresión se congeló e inmediatamente retrocedió.
—¿Qué pasó? ¿Qué tienes? —le preguntó Felipe, confundido al verlo regresar de pronto.
Cristóbal lo empujó, obligándolo a caminar hacia atrás.
—Nada, nada, todo bien. Oye, de pronto me dieron ganas de que me enseñaras un par de cosas. Esos movimientos de hace rato... explícame cómo se hacen...
Mientras hablaba, se llevó a Felipe lejos de allí.
¡Ni loco los interrumpiría!
Benjamín por fin había logrado besar a Josefina; ¡no podía permitir que nadie les arruinara el momento!
Felipe no tardó en distraerse. No fue nada egoísta y le enseñó a Cristóbal todo lo que sabía, mientras que Cristóbal se esforzaba por aprender prestando mucha atención.
Cuando Benjamín y Josefina por fin salieron de la habitación, encontraron a los dos practicando en el espacio abierto del jardín.
Josefina se quedó observando un rato, pero como no entendía nada de lo que hacían, decidió rendirse.
Se subieron al auto y regresaron directamente a Residencial Valle Niebla.
Sin embargo, al entrar a la sala, se encontraron con alguien totalmente inesperado sentado en el sofá.
—¡¿Qué haces aquí?!
El rostro de Josefina se enfrió al instante, y una intensa hostilidad brilló en sus ojos cristalinos.
La persona sentada en el sofá no era otro que Andrés. Al verlos entrar, se levantó de un salto; su rostro mostraba una clara incomodidad.
Ya no lucía tan impecable como antes. Llevaba ropa desgastada, su cabello estaba lleno de canas y sus facciones reflejaban el peso de los años y el cansancio.
—Jose, es... es que tu abuela quería ver a tu madre, así que la traje.
—¿A qué te refieres?
Luisa se mordió el labio y la observó con evidente ansiedad.
—Es que... vi que la abuela quería llamar a alguien desde hace días, pero al final siempre se arrepentía. Ayer incluso marcó el número, pero no presionó el botón de llamada. Pensé que de verdad quería ver a esa persona, así que... me tomé el atrevimiento de hacer la llamada por ella y le dije que viniera...
Al ver cómo el rostro de Josefina se volvía cada vez más sombrío, Luisa palideció del susto.
—Josefina, ¿de verdad hice algo malo?
Josefina cerró los ojos por un instante. ¡Jamás imaginó que había sido obra de Luisa!
¡Con razón Andrés y Jimena se habían presentado de la nada!
¡Por mucho que la abuela hubiera dudado, nunca habría dejado que Jimena viniera!
Porque ella sabía perfectamente que... ¡había sido Jimena quien la envenenó!
Una hija así solo le causaba una mezcla de amor y profundo dolor; lo mejor para ambas era no volver a verse nunca más.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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