Silvia no tuvo escapatoria; quedó completamente atrapada en su abrazo.
La apretaba con tanta fuerza que parecía querer fundirla dentro de su propio cuerpo. En cuestión de segundos, el calor se volvió insoportable y empezó a faltarle el aire.
Giró el rostro con esfuerzo, intentando apartarlo. —Suéltame, me asfixias...
Al escucharla, los ojos de Federico se iluminaron de inmediato. —¿Tienes calor? Entonces quitémonos la ropa, así estarás más fresca.
Mientras hablaba, sus manos se movieron con una rapidez espasmódica. En un abrir y cerrar de ojos, le arrancó el camisón a Silvia.
Federico volvió a abrazarla, pero esta vez, sus labios comenzaron a recorrer su piel. La besó centímetro a centímetro, marcando su territorio, dejando su olor y su firma por todo su cuerpo.
La mirada de Silvia se volvió vacía, consumida por la desesperación.
No sabía si alguna vez lograría regresar a su país, si volvería a ver a su madre.
Llevaba casi un mes desaparecida. ¿Estaría su madre pensándola? ¿Estaría llorando todos los días?
¿Y Jose?
¿Estaría sufriendo también?
Había intentado escapar, pero Federico la había llevado a una isla privada, a la que solo se podía acceder en helicóptero.
No tenía absolutamente ninguna esperanza de huir.
—Bebé, ¿por qué no te concentras?
La voz quejumbrosa de Federico murmuró en su oído. Le mordió el lóbulo con suavidad, enviando una corriente eléctrica que hizo estremecer todo su cuerpo.
Silvia se mordió el labio, humillada por la traición de sus propias reacciones físicas.
—No te muerdas, bebé. Si te lastimas los labios, me dolerá en el alma. —Federico volvió a apoderarse de su boca, usando su lengua para obligarla a soltar su labio inferior.
Silvia no tenía forma de defenderse.
Escuchaba cómo la llamaba "bebé" una y otra vez, mientras su cuerpo era arrastrado a un océano infinito de deseo, forzada a rendirse sin remedio.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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