—No, no puedo...
Silvia lo empujó, rechazándolo por instinto.
—Ya me atormentaste una vez hoy, necesito descansar.
Pero Federico no la soltaba, la besaba y le susurraba:
—Pero bebé, me siento muy mal. Tócame, ¿sientes cómo ardo? Si me contengo me voy a volver loco. ¿Quién más te va a dar tanto placer, bebé?
Silvia se quedó sin palabras.
¡Qué descarado!
¡No tenía ni una pizca de vergüenza!
¡Ella no quería experimentar ese tipo de placer para nada!
Él le agarró las manos y entrelazó sus dedos con los de ella.
Sus respiraciones se mezclaron. Él no dejaba de llamarla "bebé" una y otra vez, como si intentara derretir el hielo de su corazón con esa intensidad asfixiante.
No supo cuánto tiempo pasó antes de que Federico, aún abrazándola, la sacara del vestidor.
—Mi bebé, te ves preciosa con este vestido. ¿Qué tal si usas vestidos elegantes todos los días a partir de ahora?
Mientras caminaban, él seguía haciéndole peticiones absurdas.
Silvia tenía el rostro sonrojado, su mirada mostraba un claro rechazo y en el fondo de sus ojos brillaba el miedo.
—No me siento cómoda usándolo.
—Pero te ves hermosa.
Federico se aferró a su idea, besándola y tratando de convencerla con insistencia.
—Póntelo, póntelo siempre. De verdad eres preciosa, eres la bebé más hermosa que he visto en mi vida.
Silvia simplemente no tenía fuerzas para seguir negándose.
Él le lavó las manos, la cargó y la llevó al comedor. Sobre la larga mesa rectangular había un festín de su comida mexicana favorita.
Federico la soltó.
Silvia salió de su regazo de inmediato y se sentó en la silla de al lado, sintiendo cómo la tensión abandonaba un poco su cuerpo.
Al sentir sus brazos vacíos, Federico se sintió muy incómodo. Quería tenerla abrazada todo el tiempo, estar pegado a ella cada segundo de cada minuto.
Para él, el amor significaba estar literalmente unidos el uno al otro sin separarse jamás.
—Bebé, ¿me enseñas a usar los cubiertos? —Federico volvió a parpadear con sus ojos azules. Su rostro impecable, digno de un ángel, parecía completamente inofensivo. Pero, ¿quién imaginaría que debajo de esa belleza celestial se escondía el corazón de un demonio?
Silvia le respondió:
—Eso no se puede enseñar. Tienes que practicar tú mismo, con el tiempo te acostumbrarás.
—No, no, no. Quiero que mi bebé me enseñe. Bebé, soy muy inteligente. Si me enseñas, te prometo que aprenderé muy rápido. —Federico empezó a hacer pucheros, comportándose como un niño mimado, y se apretujó a su lado.
Silvia suspiró internamente.
¿Acaso no iba a poder comer en paz?

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