Silvia reprimió con todas sus fuerzas la emoción que amenazaba con desbordarse de su pecho y asintió.
—Sí, claro que sí.
Sin embargo, en cuanto pronunció esas palabras, Federico dejó de frotar su mejilla.
De repente, le sostuvo el rostro con ambas manos. Sus ojos azules la escrutaron con un nivel de detalle escalofriante, negándose a pasar por alto el más mínimo cambio en su expresión.
Al segundo siguiente, una sonrisa oscura se dibujó en su rostro y dijo:
—Bebé, mi querida bebé... ya aprendiste a mentir. Me has tenido terror desde el principio, siempre has querido huir de mi lado. ¿Cómo es posible que me vayas a extrañar? Para intentar engañarme, hasta aprendiste a mentir. Ya no eres una niña buena.
Silvia abrió los ojos de par en par, completamente aterrada. Pensó que él disfrutaría escuchar esas dulces palabras, nunca imaginó que sería capaz de leer sus verdaderas intenciones tan fácilmente.
—Yo no...
—¡Shh!
Federico le puso un dedo sobre los labios y bajó la voz a un susurro amenazante:
—Bebé, ya te conozco a la perfección. No eres buena actriz, así que solo sé tú misma. Ni se te ocurra tener ideas peligrosas. Esta isla está a tres horas de vuelo en avión del país más cercano. Es imposible que escapes.
El rostro de Silvia perdió todo el color en un instante.
Al ver su reacción de pánico genuino, él se molestó de verdad. Su rostro se oscureció y, de un momento a otro, se abalanzó sobre ella, besándola con una furia brutal.
Lo hizo con tanta fuerza que parecía querer devorarla viva, sin darle ni un segundo para respirar. No la soltó hasta que ella sintió que se ahogaba y su rostro se tornó de un tono blanco cadavérico.
—Quédate aquí quietecita esperando a que vuelva. No intentes hacer ninguna estupidez, porque me voy a enojar mucho. —Federico le sostuvo el rostro y la miró fijamente a los ojos—. Bebé, si haces algo que me moleste, te juro que te pondré una cadena y te daré tan duro hasta que llores suplicando que pare.
El cuerpo de Silvia comenzó a temblar descontroladamente; no pudo articular ni una sola palabra.
Para ella, ¡Federico era un absoluto psicópata!
—No tengas miedo. Mientras te portes bien, te prometo que nunca te haré algo así. —La expresión de Federico volvió a ser de lo más tierna. Le dio un beso en la frente con suma delicadeza, como si fuera su tesoro más preciado, se enderezó, dio media vuelta y salió de la sala.
Los sirvientes acataron la orden sin chistar y trajeron las mejores botellas de la colección privada de Federico. Al ver las etiquetas de marcas carísimas, Silvia no pudo evitar tragar saliva.
¿No era un lujo demasiado excesivo usar botellas que valían cientos de miles en un simple baño?
En fin.
¡Tampoco era su dinero!
—Muy bien, ya pueden retirarse. Yo me encargo del resto —les dijo Silvia a los empleados, mirando las más de veinte botellas de vino que descansaban en el suelo.
Los sirvientes asintieron y salieron del lujoso baño.
Silvia corrió a echarle seguro a la puerta. De inmediato abrió la llave del agua al máximo para camuflar cualquier ruido y empezó a vaciar el vino en la bañera. Luego, usó un secador de cabello para eliminar la humedad del interior de las botellas vacías, y metió en cada una de ellas unos papelitos que había preparado de antemano.
Metió un mensaje en cada botella. En ellos había escrito su nombre, su número de celular y el teléfono de sus amigos. Rezaba con toda su alma para que algún alma caritativa los encontrara, se pusiera en contacto con su familia o amigos, y la rescataran.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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