Las aspas del helicóptero zumbaban con fuerza, haciendo que las palabras de Benjamín parecieran disolverse en el aire.
Josefina frunció ligeramente el ceño mientras se abotonaba la camisa, para luego concentrarse en familiarizarse con la estructura y el peso del arma que él le había dado.
No le respondió absolutamente nada a su último comentario.
Desde el principio, todo esto había sido un trato.
Y al tratarse de un negocio, no había lugar para involucrar ningún otro tipo de sentimientos.
Cada vez que pensaba en si debían divorciarse o no, los recuerdos de todo lo que había sucedido entre ellos volvían a asaltarla sin que pudiera evitarlo.
No se trataba simplemente de perdonarlo una vez más, sino de recordar cada una de las veces que él la había lastimado.
El interior del helicóptero se sumió en un pesado silencio, interrumpido únicamente por la tos sofocada de Benjamín.
Parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano por reprimirse, como si temiera molestarla.
Josefina lo miró de reojo y le dijo: —No tienes que reprimirte. Si te sientes mal, solo tose.
Benjamín no respondió y se limitó a cerrar los ojos.
El vuelo se prolongó durante un buen rato. Josefina sentía que los oídos se le habían entumecido por el ruido. Al mirar hacia abajo, se dio cuenta de que ya estaban sobrevolando una extensa zona selvática.
Se volvió hacia Benjamín para preguntarle, pero notó que su rostro estaba aún más pálido que antes. —¿Cómo te sientes?
El tiempo apremiaba y su estado de salud era cada vez peor.
Finalmente, no pudo contenerse más y extendió la mano para tocarle la frente. La temperatura era alarmante.
Sus pupilas se contrajeron de golpe. Se acercó rápidamente a él y le dijo casi a gritos: —¡Benjamín, tienes fiebre! ¡Tu frente arde! Necesitas un doctor urgente, ¡aterricemos aquí mismo!

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
Alguna forma de leer gratis?????...