La noche anterior, apenas habían pisado el mercado cuando Benjamín notó que algo andaba mal.
Alguien los estaba siguiendo de cerca.
Justo cuando Josefina sintió esa incomodidad de ser observada, los guardaespaldas ya le habían informado a Benjamín la ubicación exacta de los sujetos.
Benjamín le ordenó a Felipe que protegiera a Josefina desde las sombras mientras él mismo se encargaba de lidiar con ellos.
Solo eran unos matones de poca monta. Normalmente, Benjamín no se ensuciaría las manos con gente así, pero no quería que esos imbéciles le arruinaran el paseo a Josefina y alteraran su tranquilidad, así que decidió encargarse personalmente.
Sin embargo, no contaba con que esos matones estuvieran tan bien preparados, todos armados con navajas escondidas.
En un pequeño descuido, uno de ellos logró hacerle un corte en el pecho. La herida no era muy profunda, pero sí bastante extensa.
En ese momento, él mismo se hizo una curación de emergencia. Como temía que Josefina notara su ausencia y empezara a sacar conclusiones equivocadas, inventó una mentira rápida junto con Felipe.
El tiempo que estuvo desaparecido se debió, en su mayor parte, a que estaba ocupado suturándose su propia herida.
...
Tras escuchar el relato de Felipe, Josefina cerró los ojos con fuerza y su respiración comenzó a temblar. De repente, su mente la bombardeó con imágenes de todas las veces anteriores en las que lo había visto herido y cubierto de sangre.
Mantuvo la mirada baja y, de forma inesperada, soltó una risa ahogada y amarga.
Al ver que ella se quedaba en silencio, Felipe no sabía qué estaba pasando por su cabeza, así que preguntó con cautela: —Srta. Josefina, ¿sigue... sigue molesta porque el Sr. Gutiérrez le mintió? De verdad, él solo lo hizo para no asustarla.
—Ya lo sé —respondió Josefina, levantando la vista hacia él—. Desde que Ariadna Hurtado puso sus ojos en mí, Benjamín no ha dejado de resultar herido ni una sola vez, ¿verdad?
Felipe se quedó callado por un segundo antes de asentir con seriedad: —Así es.
El doctor, que estaba a un lado, no pudo evitar comentar: —¡Al fin vuelve! Si se tardaba un poco más, su marido iba a salir corriendo al baño a buscarla, creyendo que se había caído por la tubería.
Josefina: ...
Había que admitir que el doctor tenía un sentido del humor bastante peculiar.
Caminó hasta la camilla, jaló una silla y se sentó a su lado, mirándolo con absoluta calma: —En realidad, no tenías por qué mentirme.
Benjamín la tomó de la mano de inmediato: —Pensé que te habías ido, Jose.
Las pestañas de Josefina temblaron violentamente y respondió: —No me voy a ir. No tengo la capacidad de defenderme sola, así que irme sería exactamente lo mismo que buscar mi propia muerte.
Benjamín apretó su mano con fuerza y murmuró: —Sé que este no es el mejor momento para decir esto, pero quiero que sepas algo, Jose... Espero que siempre puedas depender de mí, que siempre me necesites.

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