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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 611

La selva nocturna estaba envuelta en niebla. Al principio había un pequeño sendero, pero cuanto más se adentraba, más densa y salvaje se volvía la vegetación.

Josefina caminaba a paso lento, temiendo que una rama oculta la lastimara gravemente.

No conocía el lugar, todo lo hacía a tientas.

El sonido incesante de los insectos y las aves nocturnas llenaba sus oídos, acompañado de la constante amenaza de serpientes y otras criaturas rastreras.

Esa selva era un peligro inminente.

Pero no se atrevía a detenerse.

No sabía si alguien le pisaba los talones, pero necesitaba encontrar un lugar que pareciera seguro para esconderse.

Tenía que jugársela.

Esa asfixiante sensación de ser observada la perseguía como una sombra, incluso en medio de la oscuridad absoluta, podía sentirla con claridad.

Su respiración era pesada, y su rostro estaba empapado en sudor.

Finalmente, se detuvo en un claro y se sentó sobre una gran roca.

En su mochila llevaba agua y algunas barritas energéticas.

Pensó que si lograba acabar con quienes la seguían, entonces buscaría la forma de salir.

Esas provisiones deberían bastarle para sobrevivir un par de días.

Claro, siempre y cuando no la mataran primero.

Bebió un sorbo de agua y alzó la vista, pero solo vio un cielo oculto tras un denso techo de ramas.

Apenas lograba vislumbrar un par de estrellas tintineantes a través de las estrechas rendijas del follaje.

Josefina estaba muerta de miedo.

Pero sentía que no podía permitir que tantas vidas se perdieran solo por ella.

Aunque le aterraba morir, le dolía mucho más ver a otros salir lastimados o perder la vida por su culpa.

En su mente apareció el rostro pálido y enfermizo de Benjamín, recordando las innumerables veces que había estado al borde de la muerte.

Intentó calmar el torbellino de emociones en su pecho, guardó el agua y esperó a recuperar el aliento para seguir adentrándose en la maleza.

La voz de Felipe resonó en el silencio de la selva, un susurro lo suficientemente alto para que ella lo escuchara.

Josefina abrió los ojos de par en par, atónita, pero no bajó el arma, aunque su dedo se alejó del gatillo.

Felipe se acercó poco a poco hasta que su silueta se volvió nítida y pudo distinguir su rostro.

En efecto, era él, no un impostor.

Josefina bajó la pistola, salió de su escondite y preguntó.

—¿Cómo es que me seguiste?

Al verla sana y salva, Felipe dejó escapar un suspiro de alivio y susurró.

—No me sentía tranquilo dejándola sola.

—Vete de inmediato, si te quedas conmigo, ¡tu vida corre peligro! —le advirtió ella con firmeza.

Felipe, sin embargo, esbozó una amplia sonrisa.

—Señorita, mi trabajo es jugarme el pellejo todos los días, así que el miedo no me detiene. Sé que antes trabajé con Benjamín por mis propios motivos, y admito que la traicioné, pero ahora quiero redimirme. Además, usted es la nieta de la Sra. Suárez. No puedo quedarme de brazos cruzados y dejar que le pase algo. Si le ocurriera una desgracia, ¿con qué cara miraría yo a la Sra. Suárez?

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