En medio de esa selva oscura como boca de lobo, Felipe había logrado acertarle al enemigo desde una distancia impresionante.
¡Josefina abrió los ojos con asombro!
Contuvo la respiración, intentando calmar la adrenalina que le recorría las venas.
Felipe soltó dos tiros más, pero esta vez el enemigo estaba alerta y no se escuchó ningún gemido.
—Vámonos.
Le susurró, avanzando rápido para abrirle paso.
Sin dudarlo un segundo, Josefina corrió tras él.
La oscuridad era total. Con los cazadores pisándoles los talones, a ella le pareció que incluso el canto de los insectos se había silenciado. Avanzó a tropezones, sin importarle que las ramas le rasparan la piel.
La selva era inmensa y el laberinto de ramas cruzadas desorientaba a cualquiera.
Felipe la guió cada vez más profundo, mientras la respiración agitada resonaba en sus oídos.
No supo cuánto tiempo caminaron hasta que, finalmente, Felipe se detuvo. Inspeccionó el terreno y murmuró.
—Descansemos un momento aquí. Voy a preparar un par de trampas rápidas.
—De acuerdo —asintió ella.
Sacó su botella y bebió un sorbo de agua, haciendo un esfuerzo sobrehumano para calmar su pulso. Sin embargo, poco después, sintió una mirada clavada en su nuca.
En un lugar tan silencioso y lúgubre, ¡la sensación de ser observada era insoportable!
¡Miró frenéticamente a su alrededor con el corazón en la garganta!
¡Alguien los había encontrado!
¡La habían descubierto!
Apretó la pistola con ambas manos; el sudor frío le escurría por la frente.
Unos diez segundos después, esa sensación opresiva desapareció de repente.
Pero Josefina no bajó la guardia.
Quienquiera que estuviese escondido no la había matado al instante. ¿Qué intenciones tenía?

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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