Al escuchar las palabras de su hermano, los ojos de la mujer brillaron levemente. Luego, esbozó una sonrisa.
—Hermano, siempre estás tan ocupado con el trabajo. No quiero molestarte con mis cosas.
El hombre seguía en la puerta, observándola detenidamente. Después de un momento, una ligera sonrisa se dibujó en sus labios.
—Ariadna, papá siempre te ha consentido y te ha confiado varios asuntos del corporativo. Por favor, no vayas a decepcionarlo.
Los ojos de Ariadna Hurtado se desviaron por un segundo.
—No te preocupes, no los decepcionaré ni a papá ni a ti.
—Bien —asintió el hombre, y añadió—: Entonces deja de jugar y concéntrate. La junta de accionistas es en dos meses. Para entonces, tienes que presentar resultados impecables que les cierren la boca a todos esos directivos, ¿entendido?
—Sí, lo sé —respondió Ariadna con aparente docilidad.
El hombre dio media vuelta y cerró la puerta al salir.
La dulce sonrisa desapareció del rostro de Ariadna en un instante, reemplazada por una expresión oscura y rencorosa. Caminó hacia su teléfono, marcó el número de su subordinado de nuevo y ordenó fríamente:
—No hagan ningún movimiento por ahora. ¡Esperaremos un par de meses!
—Sí, señorita.
Ariadna colgó el teléfono, cerró los ojos y respiró hondo un par de veces para calmarse.
¡Maldita sea!
Su padre apenas le había dado un par de proyectos para manejar, ¡y ahora todos estaban encima de ella! A la mínima equivocación, se le echaban al cuello.
¡Se suponía que era la consentida de la familia!
Era cierto que ya no podía seguir atacando a Josefina. Si su familia llegaba a descubrir la identidad de esa mujer, ella estaría acabada...
—...
Josefina pasó el día entero en la cama del hospital, sin mostrar reacción alguna, con la mirada vacía, perdida por la ventana.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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