En ese momento, alguien llamó a la puerta de la habitación.
Josefina abrió los ojos. A través del cristal esmerilado, vio la silueta difuminada de un hombre alto y fornido.
Revisó la hora. Ya pasaban de las ocho de la noche.
¿Quién podría ser a estas horas?
Caminó hacia la puerta y la abrió. Afuera estaba uno de los guardaespaldas, con actitud rígida e incómoda.
Al verla, el hombre retrocedió instintivamente un par de pasos antes de hablar.
—Señora, el director Gutiérrez se puso mal. Le pedimos que vaya a verlo, por favor.
Al oír eso, a Josefina le dio un vuelco el corazón. Sacó rápidamente el celular, escribió algo, y la voz mecánica de la aplicación preguntó:
—¿Qué le pasó?
El guardaespaldas negó con la cabeza.
—No estoy seguro, pero... parece que perdió el conocimiento.
Sin pensarlo dos veces, Josefina salió corriendo hacia la habitación de Benjamín.
—¡Cuidado, señora, vaya despacio! —le advirtió el guardaespaldas.
Pero ella no le hizo caso. En cuestión de segundos entró al cuarto. Benjamín estaba acostado en la cama, pálido, con los labios resecos, murmurando algo ininteligible.
Como llevaba los ojos cubiertos por los vendajes, era imposible saber qué expresión tenía.
Josefina se acercó, le tomó la mano y comenzó a escribir con el dedo sobre su palma.
«¿Qué tienes?»
Pero el hombre no reaccionó.
Solo se escuchaban sus tenues balbuceos.
Ella se inclinó, casi apoyándose sobre él, y acercó su oreja a los labios del hombre para intentar descifrar lo que decía.
—Jose, me duele... me duele mucho...
Era un murmullo muy débil, apenas perceptible. Josefina tardó un rato en entenderlo.
El pecho se le encogió. Le apretó la mano con fuerza.
Como si él hubiera sentido su presencia, su agitación comenzó a calmarse poco a poco y dejó de murmurar.
Al notar que se estabilizaba, Josefina soltó un suspiro de alivio.
Seguramente era una pesadilla.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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