Apenas dijo eso, Benjamín sintió cómo el calor se alejaba de sus labios. Frunció el ceño ligeramente bajo las vendas, aunque se relajó enseguida.
Le tendió la mano.
Quería que le pasara la cuchara.
Pero la cuchara nunca llegó a su mano. En su lugar, resonó aquella voz electrónica:
—¿Te estás burlando de mí porque no puedo hablar? ¿Por qué dices tantas tonterías?
—No es eso, Jose.
Benjamín intentó defenderse al instante:
—Yo solo...
Pero antes de terminar la frase, volvió a sentir un roce en los labios. El calor de la sopa había calentado el frío metal de la cuchara, que ahora se apoyaba nuevamente en su boca.
Se quedó pasmado un instante antes de abrir la boca y dejar que lo alimentara.
Bajó la mano con lentitud, aceptando cada cucharada que ella le daba.
Al principio, la experiencia era novedosa, incluso placentera.
Pero si las cosas seguían así... ¿no se terminaría convirtiendo en un completo inútil?
Solo había perdido la vista, no las manos ni los pies.
Benjamín frunció el ceño. Tendría que hablar con ella más tarde.
Sin embargo, antes de que pudiera decir algo, Josefina se le adelantó para dejar clara su postura:
—Definitivamente necesitas practicar por tu cuenta. No voy a poder estar pegada a ti todo el tiempo.
Él asintió.
—Sí, lo sé.
Ella no escribió nada más y también se dispuso a desayunar.
Valentín, que observaba la escena, apenas podía creer lo que veían sus ojos.
*¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que el jefe y la señora se sentaron a comer con tanta armonía?*

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