Cristóbal dejó la taza sobre la mesa, mirando a Felipe con evidente indignación.
—¿Y a ti qué te pasa? ¿Por qué la traes contra mí? Si alguien iba a envenenarse, era yo por tomarlo primero. A Jose no le iba a pasar absolutamente nada.
Felipe le echó un balde de agua fría.
—Si a ti te pasa algo, ¿cuánto crees que tardaría en pasarle algo a ella?
—¡¿Por qué eres tan pesimista?! ¡Siempre esperando lo peor!
—No es que espere lo peor, es que hay gente detrás de nosotros. Si no tenemos cuidado, perderemos la vida en un abrir y cerrar de ojos.
—...
Y así, comenzaron a discutir acaloradamente.
Josefina se quedó muda.
Tomó su celular, escribió rápidamente, le subió el volumen al máximo y le dio a reproducir.
—Cállense.
Ambos se quedaron callados al instante. Felipe soltó una carcajada burlona y Cristóbal, ofendido, bufó antes de volverse hacia ella.
—Jose, ¿notaste algo raro?
Josefina le bajó el volumen al teléfono y la robótica voz femenina volvió a sonar en la sala.
—Hablaremos cuando veamos a Lorena. Hasta entonces, no toquen absolutamente nada.
—De acuerdo.
Esta vez, Cristóbal obedeció sin chistar.
Felipe escudriñaba cada rincón, manteniéndose en alerta máxima.
Cristóbal lo miró de reojo y murmuró:
—Qué exagerado.
La gente del pueblo adoraba a la doctora Lorena; seguramente era una excelente persona. ¿Por qué le haría daño a unos desconocidos?
Sin embargo, esos pensamientos se quedaron en su cabeza. No se atrevió a decirlos en voz alta.
Sentada en el sofá, Josefina revisó la hora. Ya habían pasado cinco minutos desde que entraron. La mujer no había vuelto a aparecer y no se escuchaba ningún ruido en la entrada.
Una leve punzada de inquietud comenzó a formarse en su pecho.
El ambiente en la sala estaba impregnado de un ligero aroma, algo parecido a un perfume floral.
Josefina echó un vistazo a su alrededor y notó que, tanto en una pequeña mesa de la esquina como en el alféizar de la ventana, había flores frescas.
El lugar estaba decorado con mucha calidez; no tenía para nada un aire siniestro.

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Comentarios
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