—Pierda cuidado, doña Teresa. Haré todo lo que esté en mis manos para curarlo —afirmó Lorena con total seriedad.
Teresa murmuró un par de respuestas evasivas y colgó la llamada de inmediato.
Apretó el celular con fuerza, mientras la furia se apoderaba de su mirada.
¡Maldita sea!
¡Esa Josefina había sido la causante de que su hijo se quedara ciego!
¡No era más que una maldición andante!
Y Benjamín era un tonto. Sabía perfectamente lo peligroso que era estar cerca de esa mujer, ¡y aun así se negaba a separarse de ella!
¿Qué le veía de bueno a Josefina?
Teresa empezó a caminar de un lado a otro por la habitación, aferrada a su teléfono. La ansiedad la carcomía. Si permitía que las cosas siguieran su curso, cualquier día de estos Benjamín acabaría perdiendo la vida.
¡Y ella no iba a permitir que eso sucediera!
¡Tenía que regresar!
¡Tenía que encontrar la manera de alejar a Josefina del lado de su hijo!
Teresa giró sobre sus talones y entró a la otra habitación. Al ver a su esposo descansando, le preguntó de sopetón:
—Vicente, ¿quieres regresar al país?
Vicente Gutiérrez frunció el ceño al escucharla.
—¿No habíamos quedado en volver para Año Nuevo?
Aún faltaban dos meses para las festividades.
¿A qué venían las prisas por regresar ahora?
—Le pasó algo a nuestro hijo, quiero ir a verlo —explicó Teresa.
Lo miró con una expresión cargada de emociones encontradas y añadió:
—Vicente, es el único hijo que nos queda. Si le llega a pasar algo, lo perderemos todo. Ya han pasado más de tres años, ¿todavía no logras superarlo?
Vicente bajó la mirada y respondió con frialdad:
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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