—¡Mgh!
Silvia no podía soportarlo más. Sentía el pecho oprimido y la garganta adolorida. Lo empujó con todas sus fuerzas, clavándole las uñas en el cuello y dejándole varias marcas de arañazos.
Pero Federico no cedió; siguió besándola, sumido en un trance casi extático.
Solo la soltó cuando sintió que ella dejaba de resistirse y se aferró a ella, envolviéndola en sus brazos.
—No es verdad, te vas a enamorar de mí. Estoy seguro de que lo harás.
Silvia jadeaba desesperadamente, sintiendo que veía luces borrosas. ¡Creía que iba a morir en cualquier momento!
¡Ese maldito demonio!
¿Enamorarse de él?
¡Ni en esta vida, ni en la siguiente, ni en mil reencarnaciones!
Las emociones de Federico eran tan volátiles como un torbellino; así como se enfurecía, volvía a sonreír. Después de elegirle un vestido largo de seda color rosa pálido, se lo puso cuidadosamente. Al verla vestida, sus ojos se oscurecieron y su manzana de Adán subió y bajó, evidenciando su falta de control.
—Mi amor, te ves preciosa.
No pudo resistir la tentación y le besó el dorso de la mano.
—Eres la Muñeca de porcelana más hermosa que he visto en toda mi vida.
Su Muñeca de porcelana, exclusivamente suya.
Silvia retiró la mano con frialdad y le espetó:
—¿Por qué no te mueres de una vez?
A Federico no le importó su rechazo. Volvió a tomarle la mano y la sacó de la habitación, llevándola directamente al comedor de ese piso.
Sobre la mesa cuadrada la esperaba una variedad de platillos de comida mexicana. Cuando las empleadas retiraron las campanas térmicas, el aroma de unos manjares exquisitos llegó hasta Silvia.
Federico retiró la silla para que se sentara y le entregó un tenedor.
—Mi amor, pruébalo.
Silvia no dijo nada. Empezó a comer en silencio, pero en el momento en que probó el primer bocado, una inmensa ola de tristeza le oprimió el pecho.
Extrañaba su casa.
Extrañaba a su mamá.
Aunque la Sra. Téllez siempre insistía en organizarle citas a ciegas, como si temiera que se quedara solterona, en el fondo sabía que su madre la cuidaba muchísimo.
Le cocinaba sus platillos favoritos todos los días, le compraba la ropa más bonita en cada temporada, y si ella alguna vez mencionaba que quería algo, su madre corría a conseguírselo.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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