—¿Es verdad lo que dices? —preguntó Silvia, con la voz cargada de tensión y emoción, mientras sus pestañas no dejaban de temblar.
Federico le depositó un beso en la oreja. Al sentir lo suave que era su lóbulo, no pudo resistirse a morderlo y succionarlo ligeramente antes de responder:
—Solo si te portas bien.
El cuerpo de Silvia se tensó como una cuerda a punto de romperse. Apretó los dientes y, finalmente, le preguntó:
—¿Qué quieres que haga?
En los profundos ojos azules de Federico brilló un destello de excitación.
—Di que me amas.
Silvia se mordió el labio inferior. Luchó internamente durante un segundo, y como si estuviera dispuesta a tragar su propio orgullo, abrió la boca para decirlo.
Pero, en ese exacto instante, Federico selló sus labios con un beso posesivo, interrumpiendo sus palabras.
—Mgh...
Silvia abrió mucho los ojos, totalmente desconcertada.
¿Qué significaba eso?
¿Ya no quería escucharla decirlo?
Después de un largo rato, él la liberó, con la respiración agitada y la voz ronca:
—Mi amor, ¿por qué no tomas la iniciativa alguna vez?
Silvia, respirando con dificultad, lo fulminó con la mirada.
—¡¿Estás cambiando las reglas?!
Federico la acercó más a su pecho, acariciando su rostro contra el suyo de manera íntima.
—Cuando de verdad te enamores de mí, esas palabras saldrán solas de tu boca. No tendré que obligarte.
Silvia soltó una carcajada sarcástica en su mente: *Al menos este loco tiene algo de autoconciencia.*
Pero, al pensar en la condición que le había impuesto, una profunda amargura volvió a invadirla.
El hielo sobre sus ojos le seguía transmitiendo una sensación gélida, un frío que se filtraba hasta congelar poco a poco su corazón.
No le tomó ni un minuto de duda antes de responder:
—Está bien. Acepto.
Federico le dio otro beso.
—Qué niña tan obediente.

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Comentarios
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