Si ella estaba dispuesta a hacerle una petición, ¿eso significaba que ya había empezado a notarlo?
¿Acaso significaba que estaba un paso más cerca de enamorarse de él?
Pensando en esto, Federico se alegró aún más. Dejó su copa de vino tinto sobre la mesa, con sus ojos azules brillando de emoción. La miró fijamente y le preguntó:
—Bebé, ¿qué más quieres?
Silvia frunció su hermoso ceño, mirándolo con una expresión extrañada.
—¿Estás enfermo de la cabeza?
¿Por qué este hombre no lo encontraba molesto, sino que parecía ansioso por complacerla?
Federico negó con la cabeza.
—No estoy enfermo, soy muy saludable. Si no me crees, puedo hacerme un chequeo médico. Cualquier doctor te dirá que mi salud es perfecta.
Silvia se quedó sin palabras.
Rodó los ojos sin molestarse en ocultar su fastidio y respondió:
—Estás demasiado saludable, no me gusta.
Federico parpadeó, confundido, y una expresión de genuina incomprensión apareció en su rostro, que parecía tener las facciones perfectas de un ángel.
—Si tengo buena salud, puedo hacerte feliz. Si estuviera enfermo, ¿cómo podría darte placer?
Silvia se quedó en silencio.
De repente, agarró el borde de la mesa y, con un movimiento brusco, ¡la volcó por completo!
¡Crash!
Todo lo que había sobre la mesa cayó al suelo. La vajilla de porcelana se hizo añicos y el vino tinto salpicó por todas partes.
Silvia lo miró con furia y le dijo:
—No me gustan estas cosas.
—Si no te gustan, entonces a la basura —Federico arqueó una ceja al ver su reacción, se puso de pie y caminó hacia ella—. Bebé, la próxima vez que algo no te guste, solo dímelo y haré que alguien se encargue. Si haces estas cosas, podrías lastimarte. Y si te lastimas, me dolería mucho el corazón.
Silvia lo miró como si estuviera viendo a un monstruo.
—Definitivamente estás enfermo.
Acto seguido, se levantó y salió del comedor.
Sin embargo, Federico la siguió muy de cerca, pisándole los talones.
—Bebé, de verdad soy muy saludable, y creo que ya deberías haberlo comprobado muy bien por ti misma.

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