Teresa abrazó al niño y comenzó a llorar, dejándolo muy confundido. Sus enormes ojos reflejaban desconcierto, y sus manitas se apresuraron, nerviosas, a limpiarle las lágrimas.
—Abuela, no llores, no pobrecito, no llores.
Al ver esa escena, Teresa no pudo contenerse y abrazó a Alberto aún más fuerte. Luego, al darse cuenta de que estaba perdiendo el control de sus emociones, se apresuró a decir:
—No te asustes, mi niño, es que tu abuela te extrañaba demasiado.
Alberto rodeó su cuello con los brazos.
—Yo también extrañaba a la abuela.
Su tierna e infantil voz fue como un cuchillo clavándose profundamente en el corazón de Teresa.
Sintió un odio aún más profundo hacia Magdalena Salinas.
¡Era demasiado malvada!
¡Cómo pudo ser tan cruel con un niño tan dulce y bueno!
¡Especialmente siendo su propio hijo!
Teresa lo soltó suavemente.
—La abuela va a lavarse la cara. En un ratito vuelvo para jugar contigo.
—¡Sí!
El pequeño Alberto asintió con entusiasmo.
Entonces, miró hacia las personas que acababan de entrar. Su voz se llenó de alegría:
—¡Tío! ¡Tía!
Abrió los brazos, retorciéndose en el sofá, intentando alcanzar a Benjamín para que lo abrazara, pero una de las empleadas lo detuvo con suavidad.
—Señorito, no se mueva tanto. El señor ya viene hacia acá.
—¿Qué le pasó a los ojos del tío? —preguntó Alberto, señalándose sus propios ojos con intriga.
Apoyado en Josefina, Benjamín llegó junto al sofá. Extendió la mano, tocó a Alberto Gutiérrez y le acarició la cabeza.
—Mis ojos están lastimados, por ahora no puedo ver. ¿Alberto va a proteger a su tío?
—¡Sí!
La voz de Alberto sonó aún más fuerte.
—¡Ya soy un niño grande, yo voy a proteger a mi tío!
Luego volteó hacia Josefina.


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Comentarios
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