Alberto se escondió en los brazos de Teresa.
—¡No, inyecciones no! Duele, duele...
Teresa lo abrazó y le dijo dulcemente:
—No tengas miedo, mi amor. El tratamiento de la tía Lori no duele nada. ¿No decías que eras un niño grande y valiente? Los valientes no le temen al dolor.
—¿De verdad? —Alberto seguía asustado. Miró las finas agujitas y aún no lograba armarse de valor.
Benjamín, que estaba cerca, intervino:
—Pórtate bien y deja que la tía Lori te revise. Si lo haces, te compraré un perrito robot para jugar.
Alberto giró la cabeza para mirarlo.
—¿Un perrito robot?
—Sí, es muy divertido.
Alberto miró a Lorena, apretó sus manitas en forma de puño, cerró los ojos con fuerza y exclamó:
—¡Hazlo!
—Pfff...
Lorena no pudo evitar reír ante la expresión dramática del niño. Extendió la mano, le acarició la cabecita y le dijo:
—Pero ¡qué cosa más tierna! No te preocupes, no te dolerá nada. Mis tratamientos son como magia. Si no me crees, pruébalo y verás.
Y, de forma inesperada, le aplicó una de las agujas en un punto clave de la pierna.
Tras un momento, Alberto, al no sentir nada, abrió los ojos intrigado.
—Eh, no duele.
Lorena ajustó la aguja con una sonrisa.
—¿A poco no soy increíble?
—¡La tía Lori es súper increíble!
Como Alberto en verdad no sentía dolor, el miedo desapareció y empezó a observar todo con curiosidad.
Lorena colocó otras agujas en distintos puntos de sus piernas, evaluando cada reacción, y luego las retiró todas.
—¡Listo, ya terminamos!
Alberto soltó una carcajada.
—¡De verdad no duele!
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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