Él pensó que volvería a ocurrir lo que pasó en el hospital, pero se equivocó.
Josefina lo tomó de la mano y lo guio a través del baño. Cada vez que él tocaba algo, ella escribía en su palma de la mano:
—*Esta es la llave de la ducha.*
—*Jabón corporal.*
—*Champú.*
—*Toalla.*
Ella lo guio mientras caminaban lentamente por el baño, asegurándose de que él supiera exactamente dónde estaba cada cosa.
Con la garganta seca, Benjamín le preguntó:
—¿Ya no me vas a ayudar?
Josefina continuó escribiendo en su mano:
—*Antes, tus heridas no habían sanado, por eso te ayudé.*
Lo que quería decir era que ahora que ya estaba bien, ¿por qué habría de ayudarle?
¿Acaso no sería buscarse problemas?
¿Y qué si se dejaban llevar de nuevo?
Eso solo complicaría aún más las cosas y las volvería más incómodas.
Al ver que él no reaccionaba, Josefina lo soltó, sacó su celular y escribió:
—*Me iré a bañar al cuarto de huéspedes, hoy estoy muy cansada.*
Los finos labios de Benjamín se movieron, y solo cuando escuchó que sus pasos se alejaban fue que dijo:
—Esperaré a que regreses para que me pongas la medicina.
—*Mmh.*
...
Cuando Josefina volvió, Benjamín ya llevaba puesta la bata de baño y estaba sentado al borde de la cama, con su cabello corto aún empapado.
Las gotas de agua caían por los mechones y resbalaban por su atractivo rostro. Él mantenía los ojos cerrados y su espalda encorvada; su tristeza lo hacía ver como un enorme perrito abandonado al costado del camino.
Despertaba demasiada lástima.

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