—Tómatelo por unos días a ver qué tal. Creo que el efecto será mucho mejor, tal vez hasta recuperes la voz por completo —comentó Lori.
En el corazón de Josefina nació una chispa de esperanza. Los días sin poder hablar eran una verdadera tortura, y aunque se había esforzado por adaptarse, la tristeza seguía ahí.
Lori la tomó de la mano.
—Vamos, vamos, es hora de tus agujas.
Josefina sintió la energía inagotable que emanaba de ella y una sonrisa se dibujó en sus labios sin que pudiera evitarlo.
Lori era como un pequeño rayo de sol, siempre dando calor a quienes la rodeaban.
Bueno, a todos excepto a Benjamín.
Al tercer día de que se llevaran a Alberto, Vicente Gutiérrez cruzó las puertas de la Residencial Valle Niebla.
Apenas entró, el ambiente en la sala se volvió tenso y asfixiante. Dio un vistazo frío a su alrededor y preguntó directo al grano:
—¿Dónde está Benjamín?
Lori respondió:
—Está en el estudio.
Vicente caminó con paso firme hacia el estudio. Al abrir la puerta, encontró a Valentín rindiéndole un informe de trabajo.
Valentín se quedó paralizado al verlo.
—Presidente Gutiérrez...
—Sal de aquí —ordenó Vicente con voz severa, echándolo sin miramientos.
Valentín asintió.
—Sí, señor.
Salió del estudio con los nervios a flor de piel. El Presidente Gutiérrez no venía con buenas intenciones.
En cuanto la puerta se cerró, Vicente clavó la mirada en las vendas que cubrían los ojos de su hijo.
—Este es tu castigo.
Benjamín apretó ligeramente la pluma que sostenía, pero su tono no delató ninguna emoción.
—¿Vino solo a insultarme? Tómese su tiempo para gritarme, lo escucharé con calma.
Dejó la pluma a un lado, adoptando una postura de completa atención.
Vicente bufó con desprecio.

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