—Mañana haré la cita, irás conmigo a revisarte.
La fría voz electrónica le respondió, tomando la decisión definitiva sobre sus ojos.
Benjamín, con la frente aún apoyada contra la de ella y la respiración un poco agitada, murmuró en afirmación.
Ya la había besado, si se retractaba ahora, ella seguramente se enojaría de verdad.
Josefina salió de la habitación principal, bajó a la sala y le envió un mensaje a Manuel.
Manuel: [Claro, yo me encargo de contactar a la doctora Beltrán].
Manuel: [¿Tu voz ya se está recuperando?]
Josefina: [Sí].
Manuel: [Qué gran noticia. Ya estoy contando los días para escucharte hablar de nuevo].
Josefina: [Yo también lo espero].
Poco después, Manuel le confirmó que la doctora Beltrán tenía espacio disponible a la mañana siguiente en el restaurante Torre Los Laureles.
Josefina aceptó.
Tener esa esperanza hizo que su estado de ánimo mejorara, y el tiempo pareció pasar volando. Al día siguiente, los tres salieron juntos de la casa.
La expresión de Benjamín se mantuvo indiferente todo el camino. Desde que se subió al auto, no dijo una sola palabra.
Lorena, que iba en el asiento del copiloto, miró a la pareja a través del espejo retrovisor, tosió ligeramente y sugirió:
—¿Qué les parece si, después de la consulta, damos una vuelta por ahí?
Josefina tecleó su respuesta:
—¿A dónde quieres ir?
—Desde que llegué a Santa Aurelia me la he pasado encerrada en su casa. Casi no he salido a pasear. Me conformo con ir un rato a dar una vuelta por algún centro comercial, lo que necesito es respirar un poco de aire fresco —explicó Lorena.
Josefina asintió, le pareció una buena idea.
Benjamín, sin embargo, intervino:
—Vayan ustedes. A mí déjenme en la casa.
—No seas así —replicó Lorena de inmediato—. También necesitas hacer algo de actividad física. Quedarte encerrado en casa todo el día es aburridísimo.

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