—Jose, muchas gracias —le sonrió Luisa, con una expresión de profunda gratitud.
Josefina tomó el celular y escribió:
—Bueno, ya tienes que volver. Nosotras ya debemos entrar a la estación.
Luisa abrazó a Josefina y luego dijo:
—Voy a extrañar muchísimo a la abuela.
Josefina sonrió levemente, con una mirada llena de ternura.
Después de un viaje de cuatro horas en el tren bala, el auto se detuvo frente a una antigua casa señorial. Al ver a la abuela, Arturo, el mayordomo encargado de la propiedad, exclamó lleno de alegría:
—¡Señora Helena, ha regresado! Señorita Jose, usted también vino.
Josefina asintió levemente hacia el viejo mayordomo y pronunció palabra por palabra:
—Don-Ar-tu-ro.
Al ver esto, el mayordomo se quedó de piedra y preguntó apresuradamente:
—¿Qué le pasó a la señorita Jose?
La abuela respondió:
—Tuvo un accidente, pero ya casi está recuperada.
El rostro de Arturo se llenó de preocupación.
—¿Fue grave? ¿El doctor le dijo cuándo se recuperaría por completo? Ay, niña, ¿por qué no tuviste más cuidado?
Arturo empezó a hablar sin parar, como si fuera de la familia, mientras tomaba las maletas y caminaba con ellas hacia el interior de la casa.
La abuela suspiró:
—Ya deja de parlotear. Con todo el tiempo que estuve fuera, ¿aún no se te quita esa manía de hablar hasta por los codos?
Arturo soltó una carcajada.
—Estuvo lejos tanto tiempo que me estaba ahogando de no tener con quién platicar. Todos los días iba a la casa del vecino, pero ya los tenía hartos. Solo estaba esperando a que volviera.
La abuela se quedó sin palabras.

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