El ambiente en la antigua casa era muy cálido y armonioso; Josefina sintió allí una paz sin precedentes, como si estuviera en un oasis lejos del mundo.
Después de la cena, salió a dar un paseo. Los jardines del vecindario estaban diseñados para florecer según la estación, y aunque ya era invierno y faltaba poco para Fin de Año, los ciruelos estaban en flor, luciendo hermosos y vibrantes desde la distancia.
Los guardaespaldas contratados por Benjamín ya estaban en sus puestos, y el líder del equipo se acercó a presentarse ante Josefina.
—Señora, mi nombre es Elías. Me gustaría darle mis datos de contacto para avisarle de inmediato si surge cualquier inconveniente —dijo Elías, sacando su celular con expresión seria.
Josefina asintió, intercambió números con él, le preguntó cómo estaban organizados los turnos de guardia, y él respondió cada pregunta con detalle.
La brisa nocturna soplaba con un toque fresco. Josefina se ajustó un poco la bufanda y escribió en su celular:
—Puedes seguir con tu trabajo, daré una vuelta sola un rato.
—Entendido.
Elías desapareció rápidamente en las sombras, sin dejar rastro de su presencia.
Saber que la seguridad estaba tan bien organizada hizo que Josefina se sintiera mucho más tranquila.
Tomó su celular y le envió un mensaje a Benjamín.
*Gracias.*
Benjamín había instalado una aplicación de lectura de pantalla en su teléfono, lo que le permitía revisar sus correos y mensajes por sí mismo, aunque tardaba un poco en responder.
Sin embargo, ahora ya había aprendido a responder con notas de voz.
Josefina reprodujo la nota de voz que le envió.
La voz profunda y calmada del hombre resonó:
—¿Por qué me das las gracias?
Josefina tecleó rápidamente en la pantalla.
*Gracias por ser tan atento con mi abuela.*
Se escuchó una leve risa de Benjamín antes de que respondiera:

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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