Cuando Josefina y Lorena salieron de la cocina, notaron que Teresa era la única que quedaba en la sala de estar.
—Josefina, quiero hablar contigo.
Teresa estaba esperando a Josefina, y al verla salir, fue directo al grano.
Josefina asintió.
Teresa se levantó y se dirigió directamente hacia el invernadero.
Josefina la siguió, pero sintió que Lorena le daba un tironcito en el brazo.
Se volteó, le sonrió a Lorena y negó con la cabeza para indicarle que todo estaba bien.
Lorena se sentía muy dividida; sentía que la señora Teresa había sido amable con ella, pero no era buena con Josefina. Su prejuicio hacia Josefina era demasiado evidente.
No sabía a quién defender.
Suspiró impotente y se retiró a su habitación.
El ambiente en el invernadero era muy cálido. Las flores, cultivadas con esmero, lucían radiantes y coloridas, levantando el ánimo de cualquiera que las mirara.
Teresa se sentó en uno de los sofás y la miró con frialdad.
—Siéntate tú también.
Josefina la miró con tranquilidad, esperando a que hablara.
Teresa midió sus palabras antes de decir:
—Josefina, vine hoy para pedirle a Benjamín que regrese a pasar el Año Nuevo a casa, pero no quiere. Ayúdame a convencerlo.
Josefina parpadeó suavemente, sacó su celular y escribió:
—¿Por qué me pide que lo convenza yo? Usted es su madre. Si no escucha sus palabras, ¿cómo va a escuchar las mías?
A Teresa le irritaba profundamente esa voz robótica. Frunció el ceño de inmediato.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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