La expresión de Josefina cambió ligeramente, apretó los dedos y miró hacia la finca antes de posar la mirada en Benjamín.
Lo vio bajar del auto y caminar hacia la propiedad apoyado en el brazo de su asistente, Valentín.
Era seguro que él poseía alguna obra de Fidel Zárate.
Podría entrar sin problemas.
Sin pensarlo más, Josefina bajó del auto y en unos cuantos pasos llegó al lado de Benjamín.
—Yo lo ayudaré.
Valentín se sorprendió un poco al verla:
—¿Señora?
Benjamín también giró un poco la cabeza. Aunque llevaba gafas de sol, su expresión denotaba cierta confusión.
—¿Aún no has entrado?
Josefina lo tomó del brazo y le dijo en voz baja:
—No puedo entrar.
—¿Eh?
Benjamín enarcó una ceja y preguntó:
—¿Por qué?
Josefina le explicó lo que acababa de pasar.
Levantó la mirada hacia él y le dijo:
—Benjamín, hazme entrar y te lo agradeceré.
Estaban justo en la entrada de la propiedad y los invitados no dejaban de pasar por su lado. Algunos que conocían a Benjamín intentaron acercarse a saludar, pero Valentín los detenía educadamente.
La entrada no era lugar para socializar, eso tendría que esperar adentro.
Por lo tanto, no podían quedarse ahí mucho tiempo.
Benjamín dijo fríamente:
—Josefina, ¿me estás pidiendo un favor?
Josefina apretó los dientes:
—Sí, te lo suplico, ayúdame.
Le hablaba con dulzura en la voz, y aunque sus palabras escondían cierta frustración, a Benjamín le causaban un cosquilleo agradable.
Como una pluma acariciando suavemente sin pedir permiso.
—De acuerdo.

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