Apenas cruzaron la puerta del almacén, el frío del amanecer los envolvió como una bofetada helada. Aslin se aferraba a Carttal con las pocas fuerzas que le quedaban, su cuerpo temblando de agotamiento y miedo. Ethan seguía sujetando a Sibil, quien, a pesar de la herida en la muñeca, mantenía una sonrisa torcida en el rostro. Esa expresión le heló la sangre a Carttal; ella no tenía miedo, lo que significaba que aún guardaba un as bajo la manga.
—¿Estás bien? —susurró Carttal, bajando la vista hacia Aslin.
Ella asintió débilmente, pero sus labios temblorosos y la palidez de su rostro decían lo contrario. Necesitaba atención médica cuanto antes.
—Llévala al auto —ordenó a uno de sus hombres, entregando a Aslin con una mezcla de reticencia y cuidado. Sus dedos tardaron en soltarla.
Ethan empujó a Sibil contra la pared con fuerza controlada, esposando sus manos con movimientos precisos.
—Esto no se acaba aquí —escupió ella, con una risa entrecortada—. No puedes protegerla para siempre, Carttal.
Él se acercó, su mirada gélida perforando la máscara de burla de Sibil.
—Ya no tienes poder sobre nosotros —su voz era un susurro peligroso—. Tu juego terminó.
—¿Eso crees? —respondió ella, inclinándose levemente hacia él—. No has entendido nada.
Antes de que Carttal pudiera responder, un pitido agudo rompió el aire. Instintivamente, se giró, buscando el origen del sonido. Un destello rojo parpadeaba debajo de una de las cajas cercanas.
—¡Bomba! —gritó Ethan, retrocediendo con Sibil en un agarre de hierro.
Carttal no lo pensó dos veces. Corrió hacia el auto donde habían asegurado a Aslin.
—¡Muévanse! ¡Ahora! —rugió mientras sus hombres respondían con rapidez entrenada.
En cuestión de segundos, los motores rugieron a la vida y los vehículos arrancaron, alejándose a toda velocidad del almacén. Apenas doblaron la esquina, una explosión sacudió el suelo bajo sus pies. Una nube de fuego y escombros se elevó hacia el cielo grisáceo, tiñendo la mañana de un resplandor anaranjado.
En el asiento trasero, Carttal envolvió a Aslin en sus brazos, su corazón golpeando con fuerza desbocada.
—Ya pasó —le susurró, aunque una parte de él sabía que no era cierto.
Aslin se acurrucó contra su pecho, buscando un refugio en medio del caos.
—¿La atraparon? —murmuró, su voz débil pero firme.
Carttal asintió lentamente.
—Sí, Ethan la tiene. No podrá hacerte más daño.
Pero esas palabras no lograban apagar la inquietud que serpenteaba en su mente. Sibil siempre había sido impredecible, y su odio no se extinguiría fácilmente.
Horas más tarde, en la seguridad de la mansión, Carttal observaba a Aslin dormir en su habitación. La habían examinado minuciosamente; estaba deshidratada y con algunas contusiones, pero estaría bien. Aun así, la imagen de ella atada, vulnerable, no lo abandonaba.
Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
—¿Para qué demonios necesitaría eso?
—No lo sabemos aún —admitió Ethan—. Pero lo preocupante es que parte de esa información ya fue transmitida a un servidor externo antes de que la capturáramos.
Carttal cerró los ojos un instante, conteniendo la ira que bullía en su interior. Sibil no estaba jugando. Esto iba más allá de una simple venganza personal.
—¿Han rastreado el servidor?
—Lo estamos intentando, pero está encriptado con múltiples capas de seguridad. Será difícil.
Carttal apretó los puños, su mente calculando las posibilidades. No podía permitirse otro error. Sibil, incluso capturada, seguía siendo una amenaza.
—No escatimen recursos —ordenó—. Quiero saber qué está planeando y a quién más tiene de su lado.
Ethan asintió y se retiró en silencio, dejándolo solo en la penumbra de la habitación.
Se acercó a la cama donde Aslin dormía, acariciando con suavidad un mechón de su cabello. La determinación quemaba en su interior. Haría lo que fuera necesario para protegerla, incluso si eso significaba cruzar líneas que juró nunca traspasar.
Porque ahora sabía con certeza que Sibil no se detendría hasta destruir todo lo que amaba.
Y él no iba a permitirlo.

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