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La novia Rechazada romance Capítulo 97

El agua la arrastró con fuerza, girándola como una hoja en medio de la tormenta. Aslin luchó por mantener la cabeza fuera de la corriente, pataleando con desesperación mientras el frío se clavaba en su piel como agujas. Su cuerpo dolía, exhausto por la huida, pero no podía rendirse ahora.

El túnel de roca se estrechaba a su alrededor, y el sonido del agua retumbaba en el espacio cerrado, convirtiéndose en un rugido ensordecedor. Su pecho ardía con cada bocanada de aire que lograba tomar antes de que la corriente volviera a sumergirla. No sabía cuánto tiempo más podría resistir.

Entonces, la vio.

A lo lejos, un débil resplandor traspasaba la oscuridad de la cueva. Luz. Una salida.

Con renovada determinación, Aslin estiró los brazos y dejó que la corriente la llevara, dirigiendo su cuerpo hacia la abertura. El túnel se ensanchó de repente y el agua la escupió con violencia fuera de la cueva, lanzándola a un río más grande, rodeado de altos muros de piedra.

Se hundió.

El peso del cansancio tiraba de ella hacia el fondo, pero reunió las últimas fuerzas que le quedaban y pateó con desesperación hasta que su cabeza rompió la superficie. Tosió y jadeó, sus pulmones ardiendo mientras la corriente la arrastraba más allá de la cueva, hacia aguas menos turbulentas.

Con un esfuerzo sobrehumano, nadó hacia la orilla. Sus dedos se aferraron a la tierra húmeda y, temblando, logró arrastrarse fuera del agua. Se desplomó en la hierba fría, respirando agitadamente.

Lo había logrado.

El cielo sobre ella era de un azul profundo, con las primeras luces del amanecer asomándose por el horizonte. No supo cuánto tiempo permaneció allí, con los ojos cerrados y el cuerpo entumecido, pero cuando el sonido de pasos rompió el silencio, el miedo regresó con la misma intensidad de antes.

Abrió los ojos de golpe.

Al principio, solo vio sombras moviéndose entre los árboles, pero entonces una figura emergió de la maleza. Era alto, de complexión delgada pero ágil, con ropas oscuras que parecían fundirse con la penumbra del bosque.

Aslin intentó levantarse, pero sus piernas no respondieron.

El hombre se acercó con cautela, observándola con unos ojos intensos y analíticos.

—No hagas ruido —susurró.

El tono de su voz le resultó vagamente familiar, y entonces lo reconoció. Era él. El extraño de la cueva.

—Tú… —susurró Aslin, su voz apenas un hilo de sonido.

—Te dije que no sería fácil —murmuró él, agachándose a su lado—. Pero lo lograste.

Ella lo miró con recelo, sin confiar del todo en sus intenciones.

—¿Quién eres? —preguntó con esfuerzo.

El hombre exhaló lentamente antes de responder:

—Alguien que tampoco quiere ser encontrado.

Aslin apretó los dientes. No sabía si podía confiar en él, pero tampoco tenía otra opción. Aún no estaba a salvo.

Y algo en su mirada le decía que su lucha apenas comenzaba.

Aslin sintió el peso de su vientre con cada respiración agitada. El bebé se movió dentro de ella, como si también sintiera el peligro que aún la rodeaba.

Kael miró hacia el bosque, donde la luz del amanecer comenzaba a filtrarse entre las ramas.

—Hay un refugio no muy lejos de aquí. Unas dos horas caminando —respondió—. Pero tenemos que movernos ya.

Dos horas. Aslin sintió un nudo en el estómago. No estaba segura de poder soportarlo, pero quedarse allí no era una opción.

Kael pareció notarlo y, tras una breve pausa, se agachó junto a ella.

—Apóyate en mí —dijo, ofreciéndole su brazo.

Ella vaciló antes de aceptar su ayuda. Con un suspiro tembloroso, se aferró a él mientras comenzaban a moverse. Sus pies descalzos se hundieron en la tierra húmeda, y cada paso era un recordatorio del cansancio que pesaba sobre su cuerpo.

Caminaron en silencio, adentrándose en el bosque. Aslin escuchaba cada sonido: el crujido de las hojas bajo sus pies, el murmullo del viento entre los árboles… y, sobre todo, el latido acelerado de su propio corazón.

—¿Por qué me ayudaste? —preguntó de repente.

Kael tardó en responder.

—Porque sé lo que significa ser un prisionero —dijo en voz baja—. Y sé lo que les hacen a los que intentan huir.

Aslin sintió un escalofrío. No necesitaba que él lo explicara. Ella ya había vivido ese infierno en carne propia.

El camino siguió adelante, el sol subiendo lentamente en el cielo. Cada paso era una lucha, pero Aslin no se detuvo.

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