Cuando Isabella llegó al departamento de Floriana, ella estaba haciendo pizza con los dos niños.
—¡Quiero ponerle jamón!
—¡Yo quiero ponerle tocino!
—¡Y yo quiero ponerle lunetas de chocolate!
—¡No, con chocolate sabrá horrible!
—¡Yo quiero ponerle!
Carlota quería poner chocolates en la pizza y Samuel pensaba que eso era un crimen culinario, así que empezaron a discutir. Pero tras un par de frases, Samuel cedió.
—Está bien, acepto los chocolates.
El niño estaba resignado, pero amaba a su hermana y no quería que se enojara, así que tuvo que acceder.
—Samuel tiene razón, así no va a saber bien... —intervino Floriana.
—¡Mamá! —Carlota se molestó más.
Floriana se rindió de inmediato.
—¿Qué tal si ponemos chocolate en una mitad y en la otra no? ¿Les parece?
Carlota, que en el fondo era una niña razonable, aceptó al instante.
—Está bien. A Samuel no le gusta el chocolate, así que no le ponemos en su lado.
—¡Nuestra princesita es quien más quiere a Samuel! —dijo Isabella sonriendo desde la puerta de la cocina.
Los niños voltearon y, al verla, sus caras se iluminaron.
—¡Mamá!
—¡Isabella!
Los dos diablillos corrieron hacia ella. Isabella se agachó rápidamente, atrapó uno con cada brazo y les dio un beso a cada uno.
—¿Miren qué les traje?
Había ido a la rosticería más famosa de Nublario para comprar un pollo rostizado. A los niños les encantaba, así que cada vez que venía a la ciudad, llevaba uno entero.
—¡Wuu! ¡Mamá es la mejor!
—¡Isabella es la mejor de todas!
Los niños tomaron la bolsa y corrieron emocionados al comedor.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...