Justo cuando la mirada de Cristina parecía perderse en un vago recuerdo, el mesero trajo un plato de camarones frescos al vapor.
Leonor se apresuró a decir:
—Los camarones del Río Encantado son los mejores, pruébelos.
Al terminar la frase, la mirada de Cristina, que ya era distante, se afiló al instante.
Porque Carlota era alérgica a los camarones. Aparte de la familia, solo ella lo sabía.
Cristina estaba a punto de hablar cuando escuchó la voz de Betina a sus espaldas.
—Señorita Pérez, qué casualidad.
La cara de Leonor cambió ligeramente al verla llegar.
Cristina giró la cabeza lentamente para mirarla.
Le habían dado una paliza la noche anterior; la herida en la oreja seguía fresca y su cara no se había desinflamado, pero ahí estaba, maquillada para cubrir los golpes, saliendo a verla.
¿Qué podía urgirle tanto a esta mujer?
—¿Se te ofrece algo? —preguntó Cristina con frialdad.
Betina mostró una sonrisa amable y primaveral, se acercó despacio a la mesa y dijo cortésmente:
—Quedé con unos amigos para comer aquí, no esperaba encontrarla. Justo tengo un asunto que tratar con usted.
Cristina arqueó una ceja, echó un vistazo a Lidia, que estaba parada en la entrada, y regresó su atención al plato de camarones, soltando una risa burlona.
—Hoy las «casualidades» se amontonan.
Leonor sabía que se estaba burlando de ellas y bajó la cabeza avergonzada.
Aunque, en verdad, ella no sabía que Betina también vendría a tener un «encuentro casual» con Cristina.
Betina jaló una silla vacía de la mesa de al lado y se sentó junto a Cristina.
—Señorita Pérez, el señor Anaya, dada nuestra conexión pasada, me pidió que hablara con usted sobre «AbreLatam»...
—¿Qué conexión puedo tener yo con un perro? —la interrumpió Cristina.
Betina se quedó pasmada un momento, luchando por mantener la naturalidad.
—Octavio se casó simbólicamente con la memoria de mi hermana. Yo soy hija de la familia Rivas y él es mi cuñado. Ese es un hecho que no puede negar.
Cristina paseó la mirada indiferente por el lugar.
Al segundo siguiente, agarró el plato de camarones y se lo estrelló a Betina en la cara con un estruendo.
El caldo y las cáscaras de camarón cubrieron el rostro y el cuerpo de Betina. Sorprendida, intentó levantarse, pero Cristina la agarró del cabello y la tiró de la silla al suelo.

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