"No tienes por qué hacer esto, yo no soy esa clase de persona, si no te sientes bien, no voy a obligarte."
"No me gusta deber favores, especialmente si tienen que ver con Irene, señor García, espero que no olvide nuestro trato."
Ainhoa terminó de hablar, asintió levemente hacia César y luego se dirigió hacia la enfermera que ya la esperaba diciendo: "Llévame a donar sangre, por favor."
"¡Ainhoa!" Enzo la atrajo hacia él de un tirón, mirándola fijamente.
"¿Qué querías con César? ¿Acaso me estás ocultando algo?"
Ainhoa lo miró fríamente, con una sonrisa tenue en los labios y dijo: "¿Qué pasa, temes que busque a otro mecenas? Tranquilo, por muy desesperada que esté, no me lanzaría sobre tu amigo."
Dicho eso, se zafó sin piedad del agarre de Enzo y, con la espalda erguida, siguió a la enfermera. Enzo sintió como si le hubieran dado un golpe fuerte en el corazón. Observó la silueta de Ainhoa alejándose, y sus manos se cerraron lentamente en puños.
Veinte minutos después, Ainhoa salió de la habitación. Su rostro, pequeño como la palma de una mano, estaba pálido como el papel. Sus labios, antes rosados y brillantes, en aquel momento no tenían ni un ápice de color. Su mirada estaba apagada y vacía, mientras que su cuerpo tambaleaba. Se apoyaba en la pared mientras caminaba por el pasillo hacia afuera.
Enzo dio un paso para seguirla y la levantó en brazos, con una mirada indecible en sus ojos.

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