Esmeralda llegó a la habitación de Paula y, para entonces, ya había logrado calmarse por completo.
—Esme, viniste. ¿Y para qué compraste fruta? —preguntó Paula.
Ella colocó la fruta en la mesita de centro, miró la mitad de la bolsa de suero que aún colgaba y preguntó:
—¿Después de esta te ponen más?
—No, esta es la última.
—De ahora en adelante no puedes volver a beber como esa noche.
Paula sonrió.
—Es inevitable cuando estás de mal humor, hay que buscar una salida para desahogarse. Pero tendré cuidado en el futuro.
Justo cuando Paula terminó con el suero, Gabriel llegó a la habitación.
A mediodía, los tres fueron a comer a un restaurante cerca del hospital y pidieron platos ligeros.
Esmeralda comentó sobre el encuentro con el señor Mondragón en la academia aquel día.
—El señor Mondragón suele volver a la academia —dijo Gabriel—. Dice que ver a los jóvenes lo hace sentir joven también.
Paula se sorprendió.
—¿Esme conoce al señor Mondragón?
Don Ezequiel se había jubilado apenas dos años después de haber sido mentor de Gabriel.
—Cuando yo era tutor de Esme, el señor Mondragón reconoció mucho su talento. Después de jubilarse, le dio clases particulares y la llevó a ver el mundo en varios seminarios —explicó Gabriel.
Gabriel dijo que Esmeralda era muy inteligente, con doble titulación en matemáticas y finanzas, y que había ganado varios premios internacionales de matemáticas durante su época universitaria. Pero nada de eso sorprendió tanto a Paula como escuchar que el señor Mondragón le había dado clases privadas.
—Esme, tienes que ser increíble para que el señor Mondragón te dé clases particulares.
El señor Mondragón era famoso por reprobar alumnos. Sus estudiantes eran la élite, pero para graduarse con él, tenías que sufrir cinco o seis años de tortura; a menos que fueras un genio entre genios como Gabriel, que logró graduarse antes de tiempo.
Y Esmeralda había tenido el honor de que Don Ezequiel la siguiera enseñando incluso después de su retiro.
Sin embargo, Esmeralda solo sentía vergüenza. En su situación actual, no tenía cara para mencionar el pasado.
—David sí que está ciego. No está hecha la miel para la boca del asno; él solo merece comer basura.
Esmeralda apenas esbozó una leve sonrisa.
—No tropieces dos veces con la misma piedra —advirtió Gabriel—. Estamos en un lugar público, cuidado con lo que dices.
—Esme, con tus facciones, en cuanto nazca el bebé y bajes de peso, te haces un retoque en la nariz y serás una belleza absoluta. Entonces sí que vas a deslumbrar a cierto ciego.
Esmeralda se tocó la nariz inconscientemente. En realidad, antes de enfermarse, su nariz era alta y proporcionada. Recordaba aquel otoño en su primer año de preparatoria.
Se había tomado fotos con sus compañeros en el bosque de huizaches. Un fotógrafo capturó una imagen de su perfil y un video que subió a internet, volviéndose viral al instante. Alguien incluso la contactó para firmar con una agencia y actuar.
Más tarde, su padre envió una carta notarial al fotógrafo, quien se disculpó y borró las fotos y el video. Ella tampoco tenía intención de entrar al mundo del espectáculo, así que la popularidad fue bajando poco a poco.
Sin embargo, debido a esa explosión de fama, mucha gente de otras escuelas iba especialmente a verla.
Santiago, por supuesto, actuó como su «guardaespaldas».
Pero luego enfermó y su nariz se hinchó, lo que provocó una caída drástica en su apariencia.
Antes de entrar a Evergreen Capital, se había hecho algunos tratamientos estéticos.
Pero ahora, con las hormonas del embarazo, su nariz estaba aún más grande.
Esmeralda sonrió levemente.
—Primero hay que esperar a que nazca el bebé.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La última lágrima de la esposa fea
Cuando la se actualiza?...
Me tiene la trama Encantada es un a lástima q cobren para poder seguir en la trama es una delas pocas novelas q tiene diferentes trama no hay mujer sumisa espero poder seguir gracias...