Pero apenas logré enderezarme, sentí que toda la habitación se inclinaba de repente. Las piernas me fallaron y tuve que sujetarme del lavabo para no caer. Aquella debilidad que ya conocía volvió de golpe, solo que esta vez era mucho peor. Más intensa. Más difícil de ignorar.
Apreté con fuerza el borde de mármol hasta que los nudillos se me pusieron blancos, esperando a que el mareo desapareciera. Frente al espejo, mi reflejo parecía más pálido de lo normal, casi sin vida. Durante un instante aterrador, pensé que quizá esta vez ya no podría seguir fingiendo.
Que simplemente iba a caer ahí mismo.
Pero poco a poco, el mundo dejó de dar vueltas. Conseguí recuperar el equilibrio, aunque mis manos seguían temblando. Me eché un poco de agua fría en el rostro, cuidando de no arruinar el maquillaje, y respiré profundamente.
Después volví a ponerme aquella sonrisa.
Y regresé a la subasta.
***
Perspectiva de Alexander
Me agaché para recoger los pedazos del relicario y sentí una presión extraña en el pecho. Había visto a Lilith entregárselo a Ella. Había escuchado lo que significaba para ella: una reliquia familiar, algo que había pasado de generación en generación.
Algo que no podía reemplazarse.
Y ahora estaba destruido.
—Gabriel —lo llamé, haciéndole una señal a mi Beta.
Cuando se acercó, le entregué los restos del relicario.
—Llévalo con el mejor joyero del territorio. Que lo reparen, sin importar cuánto cueste.
Gabriel bajó la mirada hacia la plata dañada y frunció el ceño.
—Está bastante deteriorado, Alfa. No puedo garantizar que pueda quedar como antes.
Mi mandíbula se tensó.
—Tiene que poder.
Hice una pausa antes de añadir:
—Es importante.
Gabriel entendió que no debía preguntar más y asintió.
—Lo llevaré esta noche.
—Bien.
Cuando se marchó, me quedé observando a los invitados durante unos segundos. Busqué a Sophia entre la multitud, pero no la encontré por ninguna parte. Había desaparecido después del incidente como si nunca hubiera estado allí.
Seguí caminando entre las mesas, aunque mi mente estaba en otro lado, hasta que algo llamó mi atención frente a una vitrina de joyas.
La mayoría de las piezas eran demasiado llamativas. Demasiado extravagantes.
Nada que Ella elegiría.
Pero entonces la vi.
Una pulsera de plata sencilla, con un pequeño dije en forma de flor de cerezo.
Era delicada.
Elegante.
Y de alguna manera, parecía hecha para ella.
No tenía sentido.
Ella no necesitaba más regalos. Además, yo no tenía ningún motivo para comprarle algo así. Nuestra relación era un acuerdo temporal. Un contrato.

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