Como si todo aquello hubiera servido de algo al final.
Pero, al menos, ahora me permitía ayudar a Anya y pasar más tiempo con ella. Así que no iba a quejarme.
El desastre ocurrió casi a medianoche, la noche anterior al evento.
Llevaba un buen rato trabajando en la última parte del vestido, colocando las cuentas del dobladillo mientras luchaba por mantener los ojos abiertos del cansancio. Entonces mi codo golpeó sin querer el recipiente donde guardábamos las cuentas restantes.
Durante un segundo, pareció que el tiempo se detenía.
El recipiente se inclinó lentamente, se deslizó por el borde de la cama de Anya y cayó al suelo.
Las cuentas de vidrio se esparcieron por todas partes, rebotando contra la madera y perdiéndose en cada rincón de la habitación.
—Oh, no —soltó Anya, levantándose de golpe—. No tenemos tiempo para conseguir más y necesito exactamente esa cantidad para terminar el vestido. Tenemos que encontrarlas todas.
Asentí y me agaché de inmediato para ayudarla a recogerlas.
Parecía que las cuentas se habían multiplicado al caer. Lo que antes eran unos cientos ahora parecían miles. Muchas habían rodado incluso por debajo de la puerta y habían terminado en el pasillo.
—Yo recogeré esas —dije cuando terminamos de juntar las que estaban dentro de la habitación, dirigiéndome ya hacia la puerta—. Tú sigue con el vestido.
Anya asintió. Tenía el mismo aspecto agotado que yo sentía. Volvió a sentarse en la cama con el vestido y el recipiente de cuentas mientras yo salía en silencio, intentando no despertar a los otros sirvientes que dormían cerca.
Las cuentas estaban desperdigadas por el pasillo.
Me agaché y empecé a recogerlas una por una, guardándolas en el bolsillo. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de alcanzar la última, mis dedos la rozaron y la pequeña cuenta salió rodando por el suelo.
Suspiré.
Por supuesto que tenía que ser esa.
Me levanté y seguí a la maldita cuenta por el corredor, observando cómo avanzaba dando pequeños saltos sobre la madera pulida. Pasó junto a la biblioteca, atravesó la zona cercana a la sala de estar y, de alguna manera, parecía tomar más velocidad cuanto más la perseguía.
Finalmente, empezó a perder impulso y terminó entrando por una puerta que había quedado entreabierta.
La empujé un poco más y entré sin pensar siquiera en qué habitación era.
La cuenta se había detenido junto a la pata de una enorme cama.
Me agaché para recogerla y cerré los dedos alrededor del pequeño cristal frío.
Solo entonces levanté la vista.
Y me di cuenta de dónde estaba.
El dormitorio de Alexander.
Se me cortó la respiración al verlo.
Alexander dormía sobre las sábanas oscuras, vestido únicamente con un pantalón de pijama. Su pecho desnudo subía y bajaba con una respiración tranquila. Tenía las piernas enredadas entre las mantas y un brazo sobre la cabeza, con los dedos perdidos entre su cabello rojo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Ultima Oportunidad de la Luna Enferma