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La Ultima Oportunidad de la Luna Enferma romance Capítulo 359

Perspectiva de Ella

Aquella noche, no dejé de caminar de un lado a otro por mi habitación hasta mucho después de escuchar cómo los demás se retiraban a dormir. Para cuando la casa quedó por fin en completo silencio, ya había pasado la medianoche. Era demasiado tarde para que mi mente, agotada como estaba, siguiera dándole vueltas a todo, pero la emoción por lo que estaba a punto de hacer se encargaría de mantenerme despierta durante un buen rato más.

Una vez que me aseguré de que todos estuvieran dormidos y de que pudiera recorrer los pasillos sin que nadie me viera, salí sigilosamente de mi habitación y avancé a toda prisa por el corredor, procurando no hacer ruido.

La casa estaba oscura y silenciosa. Todos se habían retirado ya, así que pude llegar hasta la habitación de Alexander sin encontrarme con nadie.

Respiré hondo y levanté la mano para llamar a la puerta, aunque no tenía ninguna razón para hacerlo.

Como si todavía tuviera que llamar.

Como si fuera necesario.

Como si entrar en su habitación sin avisar no fuera ya algo natural entre nosotros.

En ese momento, un suave pulso recorrió el vínculo, como si Alexander hubiera sentido mi presencia al otro lado de la puerta. Su aroma llegó hasta mí y me hizo avanzar casi por instinto.

Sin llamar, giré la manija y abrí la puerta.

En cuanto puse un pie dentro, Alexander se abalanzó sobre mí. Sus labios encontraron los míos con una desesperación que respondí sin pensarlo, devolviéndole el beso con la misma intensidad.

Me levantó en brazos y yo le rodeé la cintura con las piernas mientras me llevaba hasta la cama. Nos dejamos caer sobre las mantas, enredados entre brazos, piernas y labios. Sostuve su rostro entre mis manos y deslicé los dedos por su familiar barba incipiente, como si necesitara sentir que realmente estaba allí.

"Quiero memorizarlo. Todo de él.", pensé.

Cuando por fin nos separamos para recuperar el aliento, nuestros labios estaban hinchados y enrojecidos por aquel beso apasionado. Alexander se incorporó y me acomodó sobre su regazo. Apartó el cabello de mi rostro y se quedó estudiándome durante un largo momento.

Sus ojos verdes se veían suaves y tiernos en la penumbra, todavía llenos de incredulidad. Y cada vez que su mirada se encontraba con la mía, podía ver el miedo que parpadeaba debajo de todas aquellas emociones.

—Estoy aquí —susurré.

Tomé su mano y la llevé hasta mi pecho, presionándola contra él para que pudiera sentir los latidos de mi corazón bajo la palma.

—Es real. Soy yo.

Alexander no respondió de inmediato. Se limitó a seguir mirándome, todavía en shock, con alivio y una multitud de emociones que parecían mezclarse dentro de él hasta el punto de que ni siquiera yo podía distinguirlas.

Finalmente, tragó saliva y susurró:

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