—¿Y cómo pueden demostrar que este matrimonio no es solo una farsa? —gritó de pronto un hombre cerca de la primera fila—. ¿Cómo pueden demostrar que de verdad se aman?
“¿Demostrarlo?”
“¿Cómo demonios se suponía que íbamos a demostrar algo que ni siquiera existía?”, me pregunté.
Levanté la vista hacia Alexander y, por primera vez, parecía haberse quedado sin palabras.
Y en ese momento supe lo que tenía que hacer.
Era arriesgado. Humillante, incluso. Y también podía salir terriblemente mal.
Pero era la única manera de hacer que se callaran… al menos por ahora.
Antes de que pudiera arrepentirme, levanté la mano y agarré la corbata de Alexander. Sus ojos se abrieron apenas por la sorpresa cuando tiré de él hacia mí.
Y entonces dejé de pensar.
Lo besé.
Profundamente. Desesperadamente.
Como una mujer que realmente besa al hombre que ama.
Exactamente como había imaginado besar a mi pareja destinada miles de veces, sola en mi habitación, durante todas esas noches que prefería olvidar.
Nuestro primer beso.
Ni siquiera el día de nuestra boda —una ceremonia pequeña y privada— nos habíamos besado. Solo firmamos el contrato e intercambiamos los anillos frente a Gabriel, que ofició la ceremonia.
Después Alexander me llevó a aquella diminuta habitación de invitados al otro lado de la mansión.
Y eso fue todo.
Pero ahora sus labios estaban sobre los míos.
Cálidos.
Suaves.
Mucho más de lo que alguna vez imaginé.
Su aroma me envolvió de inmediato, borrando todo lo demás como una manta espesa aislándonos del resto del mundo.
Incluso con mi loba dormida, el vínculo de pareja entre nosotros pareció despertar por un instante.
Juraría que podía sentir el pulso de Alexander a través del beso… aunque quizá era solo mi propio corazón latiendo frenéticamente contra mi pecho.
No esperaba esto.
No esperaba aquella oleada de calor recorriéndome el cuerpo.
Ni la forma en que mi cuerpo se derritió contra el suyo casi al instante.
Ni aquella necesidad repentina y desesperada de más.
Y lo que menos esperaba…
Era que Alexander me devolviera el beso.
Pero lo hizo.
Tras unos segundos completamente inmóvil por la sorpresa, sus manos subieron hasta mi rostro.
Su tacto fue vacilante al principio.

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