Perspectiva de Ella
A la mañana siguiente, me desperté con el sonido del agua corriendo. Abrí un ojo primero, luego el otro, y me di cuenta de que Alexander ya no estaba durmiendo a mi lado.
Los recuerdos de ayer, todavía demasiado frescos para resultar cómodos, volvieron a mí de golpe. El beso, la amargura, todas las cosas horribles que nos dijimos antes de dormir. Pero reprimí esos sentimientos negativos y me incorporé en la cama, frotándome los ojos soñolientos justo cuando la ducha se apagó en el otro cuarto.
Un momento después, la puerta del baño se abrió y Alexander salió llevando solo una toalla enrollada en la cintura. Gotas de agua se aferraban a su pecho y resbalaban por las líneas de sus músculos antes de desaparecer bajo la tela.
Aparté la mirada rápidamente, maldiciendo a mi cuerpo por reaccionar ante esa imagen. Durante cinco años había deseado compartir una cama con ese hombre, y ahora no veía la hora de que esta etapa terminara… aunque solo fuera porque era un recordatorio constante de lo instintivamente que mi cuerpo reaccionaba cada vez que él estaba cerca.
—Buenos días —dijo Alexander mientras cruzaba hacia el vestidor—. Sophia y sus padres vendrán hoy.
Me tensé un poco.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Para hablar sobre el incidente de la hoguera y la filtración del contrato.
—Oh. ¿Y cuándo llegan?
—En aproximadamente una hora.
Me molestó un poco que no me lo hubiera dicho antes, pero aun así asentí y salí de la cama apresuradamente mientras él seguía de espaldas.
Cuando salí de la ducha un rato después, Alexander ya se había ido. Elegí una blusa sencilla y una falda, y bajé las escaleras con algo de tiempo de sobra… el suficiente para tomarme una taza de café.
Pero para mi sorpresa, ya se escuchaban voces provenientes de la sala de estar.
Entré y encontré a Sophia sentada en el sofá. A cada lado de ella estaban sus padres, el Alfa John y la Luna Helen Oxford, de la manada Moonshine.
El Alfa John era un hombre alto y distinguido, con el cabello entrecano y un bigote cuidadosamente recortado cuyas puntas se curvaban ligeramente hacia arriba. La Luna Helen era delgada y elegante, con el mismo cabello castaño que su hija, aunque el suyo estaba surcado por mechones plateados.
Ninguno de los tres me miró cuando entré.
Alexander estaba de pie junto a la chimenea. Gabriel se apoyaba contra el alféizar de la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Me senté en uno de los sillones frente a ellos, intentando mantener la expresión tranquila. Sabía perfectamente cómo iba a terminar esto. Sophia era su preciosa hija perfecta. La habían consentido toda la vida, complaciendo cada uno de sus caprichos y justificando siempre sus peores comportamientos.
Jamás aceptarían que su hija fuera capaz de hacer algo así.
—Ahora que todos estamos aquí, empecemos —dijo Alexander, metiendo la mano en el bolsillo.
Sacó un delicado collar con una sola perla y lo sostuvo en alto.
—Esto fue encontrado en el lugar de la hoguera, cerca de donde apareció el renegado. Tiene sangre y pelo del renegado.
El rostro de Sophia se puso completamente blanco al ver el collar. La Luna Helen soltó un jadeo y llevó una mano al collar de perlas que siempre usaba.
Yo habría reconocido el collar que Alexander sostenía en cualquier lugar.
Era de Sophia.
Nunca se lo quitaba.
—¿Qué demonios estás insinuando? —preguntó el Alfa John.
—Estoy insinuando que Sophia estuvo involucrada en el ataque del renegado durante la Celebración de Primavera.
Un silencio pesado cayó sobre la sala.
Los ojos de Sophia se llenaron de lágrimas y su labio inferior comenzó a temblar. Ya conocía esa actuación de memoria: Sophia haciéndose la víctima.

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