Perspectiva de Ella y Alexander
Perspectiva de Ella
Al día siguiente apenas vi a Alexander.
Se había ido de la mansión antes de que yo despertara, así que no tuve oportunidad de hablar con él sobre lo ocurrido la noche anterior.
Aun así, intenté no sentirme culpable.
Después de todo, no era mi culpa que Alexander no supiera aceptar una broma. Y aunque no hubiera sido una broma… ¿por qué debería importarme? Llevaba años tratándome con frialdad. Un simple comentario sobre lo irritante que podía llegar a ser no era nada comparado con cinco años de sufrimiento.
Y, sin embargo, cada vez que pensaba en ello, sentía una pequeña punzada en el pecho.
—Otra vez estás frunciendo el ceño —comentó Lilith alrededor de las once mientras compartíamos el té—. ¿Qué te pasa, cariño?
—Nada importante.
Lilith inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Tiene que ver con Alexander? Escuché que anoche durmió en su despacho.
—El personal habla demasiado —murmuré—. Pero sí, durmió allí. Se molestó conmigo por un juego tonto durante la cena. No es que me molestara demasiado tener la cama para mí sola y no tenerlo ahí haciendo pucheros, pero…
Mi voz se apagó poco a poco y Lilith suspiró.
—Bueno, eso no ayudará con los rumores. La mitad de la manada todavía cree que su matrimonio es pura apariencia. Y también se anda diciendo que ambos tienen aventuras por fuera.
Suspiré y me pasé las manos por el rostro.
No podía culparlos por pensar eso. Aunque actuáramos perfectamente en público, las máscaras siempre caían en cuanto regresábamos a casa. El personal lo notaba y, si ellos chismeaban con el resto de la manada, tarde o temprano todos terminaban creyéndolo.
—Lo que ustedes necesitan —añadió Lilith— es otra cita pública.
—Ahora salimos juntos todo el tiempo.
—Lo acompañas durante sus deberes de Alfa. Eso no cuenta como cita —aclaró—. Necesitan una cita de verdad… o al menos algo que lo parezca ante los ojos del público. Quieres que le vaya bien en las elecciones, ¿no?
Asentí lentamente, pensando otra vez en el contrato.
Alexander nunca dijo explícitamente que cancelaría el divorcio si perdía las elecciones, pero tampoco lo conocía lo suficiente como para estar completamente segura de que cumpliría su palabra. Muchas noches me quedaba despierta pensando en qué pasaría si, al final de esos nueve meses, decidía no seguir adelante con el acuerdo.
Y después de eso… solo me quedarían tres meses de vida.
“¿Qué haría entonces?”, me pregunté.
No.
Necesitaba asegurarme de que a Alexander le fuera lo mejor posible durante la campaña. Incluso si perdía, tenía que ser imposible culparme a mí. Solo así podría estar segura de que cumpliría su promesa de divorciarse de mí y rechazarme.
Eso significaba seguir manteniendo las apariencias, especialmente con tantos rumores circulando.

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