Perspectiva de Ella
—¿Dónde está Alexander?
Me solté de su agarre, ignorando el pinchazo de dolor.
—Le surgió algo a último momento. Igual decidí venir.
El rostro de mi padre se endureció.
—¿Sin tu Alfa? Eso es una irresponsabilidad enorme, Ella. Si Alexander no podía venir, tú también deberías haberte quedado en casa.
—Yo también estaba invitada —le recordé—. Mi nombre estaba en la invitación, no solo el suyo.
—Como la pareja de Alexander —escupió. Sus ojos bajaron hacia mi vestido con evidente desaprobación—. Y desde luego no vestida de… esa manera.
Contuve el impulso de cubrirme. El vestido negro ni siquiera era tan atrevido comparado con lo que llevaban otras mujeres esa noche. Pero para mi padre, cualquier cosa que demostrara que yo tenía curvas ya era “provocadora”.
Miré hacia Lilith, que esperaba incómoda unos pasos más atrás. Estaba extrañamente tensa, con la mirada yendo de mi padre a mí sin parar. Era raro verla así; normalmente siempre mantenía la compostura. Por eso ella era mi apoyo.
Las fosas nasales de mi padre se ensancharon.
—Ella, vuelve a casa.
Hasta hace poco, habría obedecido sin discutir.
Pero ya no. No cuando quizá solo me quedaban unos meses de vida.
—No.
Me enganché del brazo de Lilith.
—Vamos, Lilith. Vamos por algo de tomar.
Sin esperar su respuesta, la llevé hacia la barra al otro lado del salón, con Gabriel siguiéndonos en silencio detrás.
—¿Estás segura de que esto es buena idea? —susurró Lilith mientras atravesábamos la multitud—. Tu padre parece bastante molesto.
—Se le pasará —respondí encogiéndome de hombros—. Ya no soy una niña. Tal vez ya es hora de que lo entienda.
Cuando llegamos a la barra, pedí una copa de champán para mí y otra para Lilith. Gabriel, sombrío, se limitó a beber whisky.
Mientras recorría el salón con la mirada, vi a mi medio hermano, Brian, rodeado de un grupo de chicos de su edad. Ya tenía diecisiete años, casi un hombre. No lo veía mucho desde que él tenía doce.
Copa en mano, me acerqué a él. A pesar de todo, siempre había intentado ser una buena hermana mayor. No era culpa suya que su madre me odiara ni que nuestro padre siempre lo hubiera favorecido.
Brian había crecido muchísimo, casi alcanzando la altura de nuestro padre. Su cabello castaño claramente había sido peinado antes, aunque ahora estaba desordenado por haberse pasado las manos una y otra vez. La corbata de su traje caro colgaba floja, llevaba varios botones abiertos y ni rastro de la chaqueta.

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