Don Ricardo Vega no era un hombre que se asustara con facilidad. Había sobrevivido a crisis económicas, a intentos de adquisición hostiles y a las traiciones silenciosas que eran el pan de cada día en el mundo del poder. Sin embargo, en las semanas que siguieron a la humillante derrota del Banco Nacional Andino, una sensación extraña y desconocida comenzó a instalarse en su mente: la inquietud. Era como un zumbido de bajo nivel, una vibración en el aire que no podía identificar pero que le erizaba la piel. Sentía que algo se estaba moviendo en las sombras, que las reglas del juego habían cambiado de una manera que no comprendía del todo.
El silencio de sus enemigos era lo que más lo perturbaba. Después de la audaz alianza entre Valentina y los Castillo, esperaba una ofensiva directa: una campaña agresiva para robarle más clientes, un éxodo masivo de sus empleados, una guerra de precios. Pero no ocurrió nada de eso. Creativos V.R. parecía centrado exclusivamente en sus proyectos, y los Castillo permanecían en un silencio enigmático. Esta inacción, tan contraria a la lógica de la guerra corporativa, lo ponía nervioso. Era la calma antinatural que precede a un terremoto.
Su instinto de depredador, afilado por décadas de batallas, le decía que estaba siendo cazado. Comenzó a sentir el cerco cerrándose a su alrededor de formas sutiles pero innegables. Hizo una llamada a su contacto más antiguo y poderoso en el gobierno, un senador al que había "patrocinado" durante veinte años, para pedirle que investigara discretamente las actividades de los Castillo. La respuesta del senador, normalmente tan servil, fue evasiva y llena de una nueva y extraña formalidad. "Ricardo, son tiempos complicados. Hay que tener cuidado", le dijo, antes de terminar la llamada abruptamente.
Intentó usar su influencia en la junta directiva de un importante grupo mediático para plantar una historia negativa sobre ConectaTech. El director del periódico, un hombre que le debía su carrera, le devolvió la llamada con una disculpa nerviosa. "Lo siento, Ricardo, pero no podemos tocar a los Castillo. Las órdenes vienen de muy, muy arriba".
Cada puerta que intentaba abrir, cada palanca de poder que intentaba mover, se encontraba con una resistencia invisible pero sólida. Era como si estuviera empujando contra un muro de algodón: no podía verlo, pero no podía atravesarlo. Se dio cuenta, con una creciente sensación de pavor, de que la red de influencia de los Castillo, que siempre había sido silenciosa y discreta, ahora estaba siendo activada en su contra. No estaban atacando; estaban bloqueando. Estaban aislándolo, cortando sus líneas de comunicación y de poder, dejándolo ciego en un territorio que antes consideraba suyo.
La paranoia comenzó a consumirlo. Miraba a sus empleados con desconfianza, sospechando de cada susurro, de cada reunión a puerta cerrada. Hizo que el Coronel Salgado intensificara la vigilancia, pero los informes no revelaban nada más que a un personal desmoralizado y a un sobrino que se hundía cada vez más en el alcohol.
Don Ricardo se sentía como un viejo león al que le han invadido su territorio. Podía oler a los nuevos depredadores, podía sentir su presencia, pero no podía verlos. Esta guerra silenciosa, esta estrategia de contención y aislamiento, era un juego que no conocía, y eso lo aterrorizaba más que cualquier confrontación directa. El cerco se cerraba, y él, por primera vez en su larga y despiadada vida, no sabía de dónde vendría el ataque.

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