Mientras Alejandro se hundía en el pantano de sus propias mentiras en la sala de interrogatorios, en otro piso del búnker de la Fiscalía, se estaba desarrollando una escena mucho más tranquila pero infinitamente más decisiva. Daniela Vega, acompañada por Sofía Herrera, se preparaba para dar su testimonio oficial.
La sala asignada para su declaración era una oficina pequeña y discreta, diseñada para hacer que los testigos se sintieran seguros. No había cámaras de televisión ni enjambres de periodistas. Solo estaban ella, Sofía, la fiscal principal del caso y un transcriptor. A pesar de la atmósfera controlada, Daniela temblaba visiblemente. La decisión de testificar contra su propia familia había sido un acto de un coraje inmenso, pero el peso de esa traición era una carga física que la hacía encorvarse en su silla.
Sofía le puso una mano tranquilizadora en el hombro.
—Recuerda lo que hablamos, Daniela —le susurró—. No estás aquí para juzgar. Estás aquí para decir la verdad. Solo eso.
La fiscal, una mujer con una reputación de dureza pero también de una profunda empatía por los testigos vulnerables, comenzó con suavidad.
—Señorita Vega, sabemos que este es un momento increíblemente difícil para usted. Quiero que sepa que valoramos inmensamente su valentía al venir aquí hoy. Todo lo que diga en esta sala está protegido bajo la figura de testigo colaborador.
Daniela asintió, incapaz de hablar. La fiscal comenzó a mostrarle los documentos, los mismos que Valentina había visto en el computador de Alejandro, los mismos que Isabella había copiado.
—Señorita Vega, ¿reconoce este documento? —le preguntó, mostrándole la propuesta de la "Campaña Fantasma".
Daniela lo miró y asintió.
—Sí. Lo vi en el servidor de la empresa.
Su testimonio más poderoso llegó al final. La fiscal le preguntó por qué había decidido hablar.
Daniela miró a Sofía y luego a la fiscal, y por primera vez, su voz se llenó de una fuerza inquebrantable.
—Porque el nombre de mi familia, el legado de mi abuelo y de mi padre, se estaba convirtiendo en sinónimo de todo lo que ellos despreciaban: la trampa, la deshonestidad, el matoneo. Mi tío y mi hermano, en su ceguera y su codicia, estaban quemando la casa para mantenerse calientes. Alguien tenía que intentar apagar el fuego.
Su testimonio fue la pieza final, el clavo de oro en el ataúd del imperio Vega. Los documentos de Isabella habían sido la acusación. El testimonio de Daniela fue la sentencia. Selló el destino de su tío y, a pesar de su petición de clemencia, también el de su hermano, demostrando que la corrupción no era el acto de un solo hombre, sino el modus operandi de toda una dinastía.

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