El aeropuerto El Dorado, a las dos de la mañana, es un lugar extrañamente silencioso. La terminal principal está casi vacía, pero en la zona de aviación privada, una actividad discreta pero constante nunca se detiene. Fue allí, en un hangar privado en el extremo más alejado de la pista, donde el Gulfstream G650 de Don Ricardo Vega esperaba, sus motores ya encendidos, un murmullo potente en la noche fría.
El coche sin distintivos se deslizó por las calles de servicio del aeropuerto y se detuvo directamente junto a la escalerilla del jet. El Coronel Salgado, que conducía, se bajó y abrió la puerta para su jefe.
—Todo está listo, señor —dijo en voz baja—. El plan de vuelo ha sido aprobado. No ha habido ninguna alerta.
Don Ricardo asintió, su rostro era una máscara impasible. Cogió su maleta de cuero y subió los escalones del avión. La cabina, lujosamente decorada con cuero color crema y madera de nogal, lo recibió con una calidez silenciosa. El capitán lo saludó con un gesto respetuoso. Todo parecía estar saliendo a la perfección. La distracción de sacrificar a Alejandro había funcionado. Nadie lo estaba buscando. En veinte minutos, estaría en el aire, volando hacia una nueva vida en Suiza, lejos del alcance de la justicia colombiana.
Se sentó en su asiento de cuero y miró por la ventanilla la pista vacía, iluminada por las luces azules. Una sensación de alivio comenzó a reemplazar la tensión de las últimas horas. Había sido más astuto que todos ellos.
Pero justo cuando el avión comenzaba a moverse lentamente hacia la pista de despegue, una serie de luces rojas y azules parpadearon en la distancia, acercándose a una velocidad vertiginosa. Al principio, Don Ricardo pensó que era un vehículo de servicio del aeropuerto. Pero luego, vio las siluetas. Eran camionetas del CTI.
Una caravana de al menos seis vehículos rodeó el jet en cuestión de segundos, bloqueando su camino, sus faros convirtiendo la noche en día. Las puertas de las camionetas se abrieron y una docena de agentes fuertemente armados, con chalecos antibalas y rifles de asalto, tomaron posiciones alrededor del avión.
Los agentes del CTI entraron detrás de ella.
Mientras lo esposaban, sus muñecas, acostumbradas a los relojes de oro, sintiendo el frío del acero, Don Ricardo vio una figura en la distancia, de pie junto a una de las camionetas del CTI. Era Carla Rincón, la periodista, con un camarógrafo a su lado, su cámara capturando cada segundo de su humillación. Alguien la había avisado. Alguien había filtrado el plan de fuga.
La escena fue dramática, cinematográfica, y fue capturada en alta definición para la posteridad. El intento de fuga y el arresto en la pista del aeropuerto no solo sellaron el destino legal de Don Ricardo; destruyeron el último vestigio de su mito. El hombre que se creía por encima de la ley acababa de ser atrapado como un fugitivo común, en una escena que sería la portada de todos los periódicos a la mañana siguiente.

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