Durante los días siguientes, la idea que había nacido como una chispa en la mente de Valentina comenzó a crecer hasta convertirse en un fuego consumidor. La imagen del edificio de Grupo Vega, la torre de cristal que había dominado el horizonte de su vida profesional, se apoderó de su imaginación. No podía dejar de pensar en ello. Veía sus pasillos, sus oficinas, la vista desde el último piso. Y cada vez que lo hacía, no sentía el dolor del pasado, sino una extraña y poderosa sensación de anhelo.
Una tarde, estaba de pie en el balcón de su oficina en Chapinero. Desde allí, si el día estaba despejado, podía ver, a lo lejos, la silueta de la torre de Vega, un monolito de cristal que brillaba bajo el sol de la tarde. Mateo entró en la oficina y la encontró allí, perdida en sus pensamientos, su mirada fija en el horizonte.
—Sigues pensando en ello, ¿verdad? —preguntó él suavemente, parándose a su lado.
Ella no necesitó preguntar a qué se refería.
—No puedo evitarlo —admitió, su voz era un susurro—. Sé que es una locura. Es demasiado grande para nosotros, demasiado caro. No tiene ningún sentido desde el punto de vista financiero. Sería un riesgo enorme.
—A veces, las decisiones más importantes no se toman con una hoja de cálculo, Valentina —respondió él, su mirada siguiendo la de ella hacia la torre distante.
—Es que… no es solo un edificio, Mateo —intentó explicar, luchando por poner en palabras la compleja emoción que sentía—. Pasé los mejores y los peores años de mi vida entre esas paredes. Creé mis mejores trabajos allí. Y también sufrí mis peores humillaciones. Ese edificio fue mi universidad, mi campo de batalla y mi prisión.
Se giró para mirarlo, y en sus ojos había una intensidad que él nunca había visto antes, una ambición pura y afilada como un diamante.
—Quiero ese edificio.

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