El subastador levantó su martillo, su voz resonando en el silencio tenso de la sala.
—Doscientos cuarenta y cinco mil millones de pesos a la paleta número 1. Doscientos cuarenta y cinco mil a la una…
Valentina contuvo la respiración. Podía sentir la victoria al alcance de su mano, tan cerca que era casi dolorosa.
—Doscientos cuarenta y cinco mil a las dos…
Miró a Eliana Soto. La mujer la miraba de vuelta, y en sus ojos, Valentina vio no derrota, sino una expresión de profundo respeto.
—¿Alguien da más por doscientos cuarenta y cinco mil millones? Última oportunidad…
El silencio era absoluto. El martillo comenzó su descenso.
Y entonces, justo cuando el mazo estaba a punto de golpear la madera, una voz clara y firme gritó desde la mesa de Eliana Soto.
—¡Doscientos cincuenta mil!
Un jadeo colectivo recorrió la sala. Eliana había vuelto a la puja, superando su aparente límite en un último y desesperado acto de desafío. La guerra de nervios no había terminado.
Mateo se inclinó hacia Valentina, su voz era un susurro urgente.
—Ese es nuestro límite, Vale. El que fijó mi abuela. Si subimos más, estamos por nuestra cuenta.
Valentina sintió una oleada de pánico helado. Habían llegado tan lejos. Estaban tan cerca. Rendirse ahora, después de haber llegado al umbral de la victoria, era impensable. Miró la paleta en su mano. Podía bajarla. Podía aceptar la derrota. Sería la decisión financieramente prudente, la que cualquier CEO lógico tomaría.

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