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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 258

Valentina le pidió a Mateo que la dejara a unas cuadras del edificio. Necesitaba hacer esa última parte del viaje sola, a pie. Mientras caminaba por la Carrera Séptima, acercándose a la imponente torre de cristal, sintió una mezcla de nerviosismo y una determinación sombría. La gente pasaba a su lado, absorta en sus propias vidas, ajena al drama personal y al momento histórico que estaba a punto de desarrollarse.

Se paró en la acera de enfrente, al otro lado de la calle, y simplemente miró el edificio. La Torre Vega. Durante años, había sido el símbolo de todo lo que la había definido y la había aprisionado. Su arquitectura de cristal, diseñada para proyectar una imagen de modernidad y transparencia, ahora le parecía una metáfora irónica de la fragilidad y la vacuidad del imperio que había albergado.

Recordó el día en que había entrado por primera vez, una joven llena de ambición, asombrada por la escala y el poder que emanaba el lugar. Recordó las innumerables mañanas en las que había cruzado sus puertas giratorias sintiéndose pequeña, invisible, la esposa del jefe, su talento eclipsado por su apellido de casada. Recordó la sensación de opresión, la cultura del miedo, los susurros en los pasillos. Y recordó la última vez que había salido de ese edificio como empleada, con la resolución de no volver jamás.

Y ahora, estaba de vuelta. Pero no como empleada, ni como esposa, ni como víctima. Estaba de vuelta como la dueña.

Cruzó la calle, el tráfico deteniéndose para dejarla pasar. Se paró frente a las enormes puertas de cristal. El vestíbulo, que normalmente bullía de actividad, estaba extrañamente silencioso, casi fantasmal. Un par de guardias de seguridad, los únicos que quedaban del antiguo régimen, la miraron con confusión al no reconocerla.

Caminó sola por el vasto espacio de mármol, el sonido de sus tacones era el único ruido, un eco solitario en la catedral vacía del poder caído. Cada paso era una confrontación con un recuerdo. Allí, junto a los ascensores, era donde Alejandro la había humillado una vez frente a un cliente. En ese rincón, era donde había llorado en secreto después de que le robaran una idea.

Pero los fantasmas no la asustaban. Se dio cuenta de que ya no tenían poder sobre ella. Eran simplemente ecos de un pasado que ya no le pertenecía. Mientras caminaba, no sentía tristeza ni rabia. Sentía una extraña sensación de paz, de cierre. Estaba recorriendo las ruinas de su antigua vida, no para lamentarse, sino para recoger las piezas de sí misma que había dejado atrás. Estaba reclamando no solo un edificio, sino su propia historia.

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