Unas semanas después de la conferencia, Valentina recibió una llamada de Carla Rincón.
—Tengo una propuesta para ti —dijo la periodista, su voz llena de una excitación profesional—. La edición de aniversario de la revista, la más importante del año. Queremos que tú seas la portada.
La primera reacción de Valentina fue un rotundo "no" interno. La idea de posar para una portada, de convertirse en el centro de una historia, chocaba con su naturaleza introvertida y su aversión a la autopromoción. Había pasado demasiado tiempo siendo un objeto decorativo en la vida de otro hombre como para sentirse cómoda convirtiéndose voluntariamente en una imagen pública.
—Carla, te lo agradezco, de verdad. Pero no soy una persona de portadas. ¿Por qué no le dedican el artículo a todo el equipo?
—Porque la gente no se inspira con un equipo, Valentina. Se inspira con una líder —replicó Carla con una lógica implacable—. Tu historia es más grande que tu agencia. Es una historia sobre el poder, sobre la resiliencia, sobre el cambio. Y es una historia que necesita ser contada. No por mí, sino por ti. Te daremos el control total de la narrativa.
Valentina dudó, pero las palabras de Carla resonaron en ella. Quizás, ser una líder también significaba aceptar la responsabilidad de ser visible, de usar su plataforma para inspirar a otros. Aceptó, con la condición de que la entrevista se centrara en su visión para el futuro de la industria, no en los detalles sórdidos de su pasado.
El día de la sesión de fotos, el piso 40 de la Torre Creativa se transformó en un estudio de producción. Valentina, que se sentía increíblemente incómoda siendo el centro de atención de un equipo de estilistas, maquilladores y fotógrafos, tuvo que recordarse a sí misma el propósito de todo aquello.

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